9 jul 2018

Hay un anillo en la taza

Creo que fue un miércoles. No. Fue un jueves. Porque recuerdo haber esperado a la chica que limpiaba mi casa en ese entonces, y ella iba lunes y jueves. Y lunes claramente no era, porque los lunes no limpiaba la vereda. Y ese día faltó porque le dolía la cintura, así que yo tuve que salir a barrer las hojas y las bolitas esas marrones que caen del árbol de mi casa. Si no fuera un ser vivo lo sacaría a la mierda. Pero uno de los mandamientos es "no matarás" y no sé si se refiere a personas o a cualquier ser vivo. Nunca me animé a preguntarle eso al cura de mi escuela, porque básicamente nunca me animé a nada. Y San Martín también le dijo a su hija Merceditas que no tenía que matar ni a una hormiga. Una hormiga me parece tan importante como un árbol. A veces nos olvidamos, pero en realidad todos somos igual de importantes. Todos somos tan sólo una parte de la cadena. Y si a la cadena le falta un eslabón ya no funciona. Y no hay eslabones más grandes o importantes que otros. Pero como los humanos somos seres conscientes, nosotros mismos nos convencimos de que somos más importantes que los animales o las plantas. Puras mentiras.
Entonces, yo salí a barrer la vereda, con la escoba esa de pelos fucsias. Porque la otra, la azul, la usaba para adentro de mi casa, sino se estropea muy rápido. Supuse que no iba a haber nadie así que salí con el pantalón del pijama. Creo que se me veía la bombacha porque ya estaba medio transparente. Pero, tal como pensaba, todos dormían la siesta. Yo también habría dormido si a Carina no le hubiera dolido la cintura. Y lo peor es que después me terminó doliendo a mí, ¿viste? Yo ya no estoy para esos trotes. Por eso le pagaba a ella. Un par de horitas por día, total mi casa no es tan grande. Antes, cuando los chicos vivían acá, se ensuciaba más. Entraban con barro en las zapatillas y dejaban pasar a los perros. Ahora ya no.
El día anterior me acuerdo que hubo mucho viento, por eso había tanta tierra en la vereda. Y mientras la juntaba en una montañita se me vino a la mente la imagen de mi hija, la del medio, diciéndome "Ma, ¿para qué barrés la vereda si siempre se va a volver a ensuciar?". Y quizás tenga razón, lo admito. Pero son las obsesiones, ¿viste? Te taladran la cabeza como un pájaro carpintero. Una época no podía mirar los canales de televisión que fueran impares. Una locura.
Así que ahí estaba, barriendo en pijama, tarareando una canción de Shakira. Una de las viejas, de cuando era morocha y le daba vergüenza mostrar la cadera. Y de repente escuché pasos claramente apurados. El hombre estaba como a dos cuadras, pero yo ya lo escuchaba porque éramos las únicas dos personas en la calle. Venía corriendo a toda velocidad, como perseguido por el mismísimo Satanás, con todo respeto. Ni siquiera paró para mirar a los costados cuando llegó a la esquina, cruzó así como venía, trastabillándose todo el tiempo. Para colmo, tenía una sola zapatilla puesta, y con los cordones desatados. Yo no sé qué hice cuando lo vi acercarse, no me acuerdo. Seguro me quedé parada, sosteniendo el palo de la escoba.
Cuando llegó a la cuadra de mi casa me debió haber visto, porque empezó a revolear los brazos. Entonces le pregunté, a los gritos, si tenía que llamar a la policía. Pero no entendía lo que me decía. Primero creí que le costaba hablar por todo lo que había corrido. Pero después me di cuenta de que parecía sofocarse. Dos segundos después simplemente se desplomó a mi lado. Intenté sostenerlo pero era mucho más grande que yo, así que los dos nos caímos al piso, justo arriba de la montañita de tierra. Recién ahí pude descifrar lo que decía. "Hay un anillo en la taza". Me alejé lo más rápido que pude y me quedé contra la pared de mi casa, como si alguien me estuviera acorralando. Y ese alguien era el miedo. Me llevó un par de minutos reaccionar. Los médicos vieron los signos de asfixia y reconocieron que se trataba de la misteriosa enfermedad del anillo. Dios me libre. Fue el primer caso en el barrio. Yo tenía miedo de que fuera contagiosa, pero los médicos me explicaron que no. De todas formas, no me convencieron. Porque si no saben qué produce la enfermedad, ¿cómo podrían saber cómo se transmite? Simplemente terminás tu taza de café o té o lo que te guste tomar, y el anillo dorado está ahí, impregnado en la cara interna de la vajilla.
Así que desde ese día que no puedo usar tazas. Ni vasos, ni botellas, ni copas, por las dudas. Sólo bebo agua directamente de la canilla, como en el recreo de la primaria. ¿Qué necesidad tenía ese hombre de salir corriendo y caer en mis brazos? Si sabía que iba a morir, podría haberlo hecho en su casa.
¿Creés que mi problema tiene solución? ¿Alguna pastillita que pueda tomar? Preferentemente sin agua...

5 may 2018

La tabla barrenadora

Despliego la sillita rayada sobre la arena, que se encuentra por demás caliente. Algunos granitos de arena se colaron entre mis pies y mis ojotas, y el roce lo siento en los dientes, como si mis sentidos se hubieran intensificado. Mi intención es quitarme las ojotas e inmediatamente correr hacia el mar para no quemarme los pies. Pero Muriel se despoja de su ropa frente a mis ojos y me quedo mirándola, como si fuera la primera vez que la veo semidesnuda.
Insisto en comprarme una tabla de telgopor para barrenar en el mar. Muriel me mira con desaprobación. Debe creer que estoy viejo para eso, pero es uno de mis sueños frustrados y ahora que tengo veintiséis mis padres no podrán detenerme, como lo hicieron la última vez que estuvimos por estos lados. Le entrego los billetes al vendedor y me la llevo debajo del brazo, con una amplia sonrisa en el rostro.
Volvemos del centro pasada la medianoche. Muriel deja sobre la cómoda de la habitación el tigre gigante que saqué para ella en una de esas máquinas de peluches luego de jugar cuatro o cinco veces. Me había propuesto intentarlo hasta conseguir eses maldito tigre. De todas formas, jugamos con una tarjeta magnética que ella encontró por casualidad en una mesa de tejo. Arrastro a Muriel hasta la cama y comienzo a besarla. Se aferra a mi espalda con fuerza y suelto un grito de dolor, recordándole que mi piel se ha quemado unas horas antes cuando olvidé ponerme protector solar. Procuramos continuar con cuidado. Me detengo para girar el tigre hacia la pared porque siento que nos observa y me pone incómodo.
Nos faltan menos de cincuenta kilómetros para llegar a nuestro destino. Muriel lleva una caja de medialunas en la falda. Me acaricia la nuca mientras manejo y yo canto a los gritos las canciones de Sundara Karma que estamos escuchando.
Le pido a Muriel que desparrame el protector solar por mi espalda porque no alcanzo algunas zonas. Antes de empezar me deja un beso en el hombro izquierdo. Luego tomo la tabla barrenadora y me dirijo al mar con falsa seguridad. El fantasma de mi madre diciéndome que es peligroso me atormenta la cabeza. Pero nunca se lo confesaría a Muriel, que se esconde detrás de su cámara en la orilla. De repente aleja la cámara de su rostro para dejarla colgando en su cuello, y agita los brazos en el aire. Al principio creo que me está saludando y, sentado en la tabla, le devuelvo el saludo. Veo su boca moverse, pero no logro escuchar lo que dice. Lo único que podía leer en sus labios era "Pablo".
Muriel pasa corriendo por mi lado y me devuelve a la tierra. Siento el calor en mis pies y la imito. La temperatura del agua contrasta totalmente con la de la arena. Me adentro en el mar dando pequeños pasos. Muriel, que es mucho más valiente que yo, me hace señas desde unos tres o cuatro metros. Una ola rompe en la misma línea en la que me encuentro parado y me estiro hacia arriba para que el agua helada me toque la menor porción del cuerpo posible. Esto mismo se repite tantas veces que termino acostumbrándome.
Escucho frases sueltas, pronunciadas por distintas voces.
"Me gusta la sensación de tocarte el pelo cuando lo tenés tan corto".
"Si seguís sin ponerte protector solar te va a dar cáncer de piel, lo sabés, Pablo".
"No entiendo cómo lo sentís en los dientes, no tiene sentido".
"Cuatrocientos, quinientos. Gracias".
"Te amo. Tené cuidado con eso".
"Capaz tiene una cámara y graba todo con los ojos".
"No, no me voy a meter. Tengo frío. Me quedo acá para sacar fotos".
"¿Pablo en serio vas a gastar trescientos pesos en esta tabla?".
Algunas son frases que me dijo el hombre que me vendió la tabla, aunque la mayoría son de Muriel. También escucho risas y murmullos que no alcanzo a comprender porque pasan fugaces.
"Me la voy a comprar porque soy adulto, y los adultos podemos hacer lo que queramos".
"Dame otra medialuna, están riquísimas. ¡No, en la boca no!".
"¡Muriel! ¡Ayuda! ¡No puedo parar y no llego a tocar el fondo!".
"Me voy a morir".
Soy yo hablando. Las últimas oraciones las escucho entrecortadas, superpuestas con el sonido de las olas rompiendo. Rompiendo contra las rocas. Y ahora recuerdo. Recuerdo todo y soy capaz de armar el rompecabezas. Recuerdo el viaje por la ruta comiendo medialunas. Recuerdo el primer día, que la arena quemaba tanto como luego mi espalda, y que Muriel estaba sorprendentemente hermosa. Recuerdo la sensación de que las olas te levanten, después de quince años de no haber visitado la costa. Recuerdo esa noche cuando volvimos de comer pizzas en la peatonal. Recuerdo el tigre que le regalé a Muriel y cómo no pudo espiarnos mientras teníamos sexo. Recuerdo el día siguiente, cuando me detuve a comprar la tabla para barrenar. Recuerdo que creía manejarla, pero también recuerdo cómo terminé siendo arrastrado marea adentro, mientras Muriel se desesperaba en la orilla. Mi madre había tenido razón una vez más. Y finalmente recuerdo las rocas acercándose más y más.
Abro los ojos en lo que supone ser un movimiento brusco, pero me cuesta demasiado despegar los párpados. Apenas mover la cabeza me produce un dolor insoportable. Veo la bolsa de suero colgando a mi lado, y un montón de cables yendo y viniendo. "Me voy a morir", susurro. Muriel se acerca a mi rostro y alcanzo a ver que está llorando. "No te vas a morir, idiota", me dice secándose las lágrimas, "pero no vuelvas a usar esa cosa".

28 abr 2018

El terreno baldío

Tantos mediodías había pasado por ahí al volver de la escuela esperando alguna vez encontrar algo. Aunque siento que la palabra "algo" no le hace justicia a lo que me estoy refiriendo. Yo quería encontrar un cuerpo. Mi mamá se escandalizaba cuando hablaba de eso, pero yo había visto "Hannibal" suficientes veces como para dejar de desearlo. Ni siquiera ahora siendo mayor me parece incorrecto. Puede que me falle la empatía, pero nunca me faltó la curiosidad.
Quería encontrar un cuerpo en el fondo de ese terreno baldío, y quería ser yo el que lo encontrara. Quería que la policía tocara las puertas de mi barrio e interrogara a mis vecinos, para investigar quién lo había hecho. Y quería salir en la tele, explicando cómo me había topado con ese escenario que resultaba tan extraño en mi pequeño pueblo, donde la gente sólo moría en accidentes de tránsito.
Lo vi ese día de agosto con temperatura prematuramente primaveral, cuando pasaba por la tan conocida vereda, con el guardapolvo desprendido y arremangado. Vi una bolsa negra y vi un perro husmeando los alrededores. También había moscas, o quizás las imaginé. "Por fin", pensé. Quise acercarme, pero mis piernas nunca interpretaron las órdenes y simplemente seguí camino a casa. Tenía demasiado miedo de saber la verdad. ¿Y si lo había imaginado tantas veces que finalmente yo lo había hecho?

28 ene 2018

María María

Me había prometido a mí misma no volver a participar de esos eventos. Aunque me hiciera ver como una cobarde, sabía que tenía que ponerme de pie y decir esas palabras que había ensayado ya en mi casa la noche anterior cuando, por obvias razones, no podía dormir. Y sin embargo ahí estaba, clavada al último asiento de la capilla de la escuela primaria, rehén de mis oídos, escuchando la historia que Camila tenía esta vez para contar. Todos estos cuentos de terror los heredaba de sus hermanos mayores, y Maxi y yo siempre teníamos el privilegio de poder escucharlos. Privilegio o desgracia, no lo sé.
Me perdí el principio de la historia por estar pensando en lo ridículo que se vería si confesaba que en serio me aterraban. Cuando finalmente comencé a escuchar Camila decía:
—Entonces los amigos de mi hermano se metieron en el geriátrico abandonado de Avenida San Martín, el que está acá cerca. Mi hermano dice que se sentía una energía extraña.
—¿Cómo una energía extraña? —preguntó Maxi.
—No sé cómo explicarlo. Como cuando algo te da mala sensación —dijo Camila, gesticulando con los ojos—. Había telarañas por todos lados, ¡y cucarachas! Pero están acostumbrados a eso y no les da miedo. Primero exploraron un poco, para ver si había drogadictos o vagabundos, pero estaba vacío. Entonces, acomodaron la manta en el suelo y se sentaron encima —Camila se quedó pensativa unos segundos—. No sé qué hicieron en ese momento.
Seguramente ellos eran los drogadictos, pero de eso me di cuenta años más tarde.
—De repente —siguió Camila, con esa voz de suspenso que le encantaba hacer—, una vieja silla mecedora que se encontraba en una esquina de la habitación comenzó a moverse sola. Algunos decían que era por el viento, pero la verdad era que las ventanas estaban cerradas y no corría nada de aire. Otros, los más valientes, se acercaron para observar desde más cerca el extraño fenómeno. Fue mi hermano el que descubrió que en uno de los apoyabrazos de la silla estaba tallado el nombre María. Lo leyó en voz alta, y su amigo repitió la palabra, leyéndola del otro apoyabrazos. "María María" resonó en la habitación casi vacía, y la silla se agitó con más fuerza. Los que pensaban que era el viento, ahora opinaban que era una simple coincidencia. Entonces volvieron a repetir: "María María". Y la silla les respondió, meciéndose aún más. Pronto se formó un coro que sólo decía "María María", y la silla se movía descontroladamente, cada vez más rápido. María María. Más rápido. María María. María María. Se sacudía como si fuera a salir volando. María María. María María. MARÍA MARÍA —gritó Camila.
Y en ese mismo instante, Ailén tocó mi espalda y la de Maxi, provocando que mis pies se levantaran del piso por tremendo susto. Camila y Ailén estallaron en risas. Yo tenía lágrimas asomándose por mis ojos. Maxi se quejaba a los gritos.
—Emi, no llores —me dijo Camila, apoyando su mano en mi hombro—. No pensé que te ibas a asustar tanto, perdón.
Las risitas en el medio de sus palabras hacían que todo sonara poco creíble. No sólo me había asustado demasiado, también me sentía traicionada por mi mejor amiga. Me puse de pie, me sequé las lágrimas con el puño del sweater del uniforme y pronuncié con claridad y convicción las palabras que tanto había ensayado:
—No quiero escuchar más tus historias de terror.
Camila abrió la boca para decir algo que no escuché, porque justo en ese momento sonó el timbre. El recreo se había acabado. Caminamos hasta el aula sin decirnos una palabra, y así permanecimos el resto de la mañana.
Siempre había tenido miedos bien concretos: la oscuridad, los tiburones, los ladrones, los extraterrestres. Pero ese día, a los diez años, descubrí otra clase de miedo. Éste era producido por mi mente, que no paraba de sabotear mis pensamientos. Si bien no había estado en ese geriátrico abandonado, y ni siquiera estaba segura de saber qué significaba "geriátrico", las imágenes en mi mente eran impecables. Las paredes desgastadas y sucias, el suelo cubierto por polvo, la virgen sentada en la silla mecedora, sacudiéndola con bruscos movimientos. Eso último ni siquiera había sido parte de la historia, pero por alguna razón mi cerebro eligió tomarlo como verdad. Quizás como resultado de una vinculación entre el nombre María y la virgen.
Ya acostada en la cama, con mis ojos verdaderos veía el techo, mientras que con los ojos de la mente veía la túnica de la virgen, tan blanca como el techo de mi habitación. Me costó horrores quedarme dormida. Y cuando finalmente lo hice, me vi atrapada en la peor pesadilla de mi vida. Me hallaba en el geriátrico, con Camila y Maxi. Camila contaba una de sus aterradoras historias. La silla mecedora, que en un principio estaba vacía, ahora se encontraba ocupada por una mujer cubierta de pies a cabeza. Me acercaba hasta ella, y en el momento en que me disponía a llamar su atención, la mujer giraba su rostro, para mostrarme dos lágrimas de sangre.
Me desperté bañada en sudor y con el corazón casi saliéndose de mi pecho. Maldije a Camila, como todas las noches, y giré sobre mí misma para dejar de darle la espalda a la puerta. Mi respiración volvió a agitarse cuando noté que el picaporte se movía hacia abajo. Lo primero que vi fue uno de sus pies, descalzo, y su pierna oculta tras una larga túnica blanca. Luego su mano se aferró al borde de la puerta, para asomar así su cara por ella. Sus ojos se veían tristes, como en las figuras de la capilla de la escuela. Se acercó sigilosamente hasta mi cama, tomó la punta de la sábana con ambas manos y me tapó hasta el cuello. Finalmente me dejó un beso en la frente y desapareció de la misma forma misteriosa en la que había llegado.
Nunca más pude volver a dormir sin antes tomar somníferos.

16 oct 2017

Carta 4

(En respuesta a Carta 2 y Carta 3)


(Sin asunto)


Catalina Tapia <catapia@mail.com>




sábado 18/04, 10:15 a.m.


Hola Mate.
Antes que nada, te advierto que este mail no va a ser tan poético como el primero. Porque ahora estoy en modo "nervios" y ese día estaba en modo "nadie va a leer esto".
Mirá, no te contesté porque no creí que fueras a venir, y preferí dejarlo pasar. La verdad es que no era la idea que ese mail te llegara a vos. No es el primero que te escribo en estos cinco años. Tuve que amenazar a Paula para que confesara que fue ella la que lo envió. Parece que lo dejé abierto en la computadora, y la hija de puta aprovechó la oportunidad. Pero bueno, podemos hablar de eso esta noche.
¿Te parece venir a casa a cenar? Le conté a mamá lo de las milanesas y se emocionó, así que dijo que si venís esta noche hace, y napolitanas. Después podemos salir a dar una vuelta.
Mi número es 1578595213, mandame un mensaje cuando se te pase la resaca. No sé por qué seguimos hablando por mail. (¿De dónde habrá sacado Paula tu dirección?)
Nos vemos, ¿espero?
Cata.

15 oct 2017

Carta 3

(Otra respuesta a Carta 1)


Hola de nuevo


Mateo Galoni <mategaloni@mail.com>


sábado 18/04, 3:46 a.m.


Te dije que probablemente volvería a Buenos Aires en algún momento. Bueno, estoy acá. No te avisé antes porque no quería molestarte. No sabía cómo tomar tu no-respuesta al mail anterior. Tenía varias opciones:
1) Te llegó a la carpeta de correo no deseado y nunca lo abriste (mi favorita).
2) Te pusiste nerviosa, no supiste qué responder en el momento y te olvidaste después (algo que, conociéndote, te re podría pasar).
3) No querés verme (mi menos favorita).
Te imagino preguntándote por qué te mando este mail ahora si antes no te quise molestar. Y la respuesta es que estoy un poquitín borracho. Lautaro es, de hecho, el que me insistió. Nos juntamos a tomar unas cervezas en un bar en San Telmo, La Puerta Roja. Está bueno. Pusieron Franz Ferdinand y me hizo acordar a vos.
Bueno, si querés que nos veamos mañana a la noche o a la tarde o cuando quieras, avisame. ¡Pero avisame, eh! Podemos vernos acá mismo o donde quieras.
El lunes me vuelvo, así que avisame. No te olvides.

Mate.

4 oct 2017

La mejora


En otras ocasiones la gente no habría encontrado lugar para sentarse, pero esa noche la sala de espera estaba casi vacía. Una adolescente y su madre llegaron pasada la media noche. Se ubicaron en las sillas de enfrente, aunque estratégicamente dos o tres lugares hacia la izquierda, para no verse obligadas a hacer contacto visual conmigo. No las culpo, a mí tampoco me había gustado enfrentarme a mi rostro en el espejo del apestoso baño. Las ojeras, la piel reseca, las heridas, los restos de sangre, el cabello sucio y apenas sostenido por una hebilla.
No había nada interesante en internet. Nunca lo hay los días de semana a la madrugada. Aparecía un post nuevo cada siete u ocho minutos, que en mi mente eran eternos. Entonces levanté la vista del teléfono y observé con discreción a la chica que estaba con la madre. Sostenía uno de sus brazos con el otro, como si no respondiera, así que supuse que se le había tildado. Sus piernas eran tan delgadas que no me la podía imaginar caminando esos días de fuerte viento de agosto. Por suerte la llamaron rápido. Su nombre era Valeria o Valentina, ya no me acuerdo.
Era tal el cansancio acumulado en mi cuerpo que ya hasta me costaba mantener los ojos enfocados en algún punto. El grito del cantante de The Red Beards al principio de Get Nervous salió de mis auriculares y resonó en mis oídos, sobresaltándome. No era capaz de determinar si había dormido por tres minutos o una hora. Los ojos me ardían como consecuencia de la falta de sueño y de haberlos abierto tan rápidamente. Me imaginé que se veían rojos. Los rasqué con mis dedos índices y cuando mi vista se acomodó nuevamente descubrí a alguien observándome detenidamente. Tenía cabello rubio y ondulado, y vestía una camisa blanca con un pañuelo celeste alrededor del cuello. Además sostenía un cuaderno forrado con papel madera.
—Por fin —susurré mientras me quitaba los auriculares—. ¿Eres Gabriel, el arcángel?
Sin responderme, abrió su cuaderno en la página que indicaba un lirio viejo y reseco, que al parecer utilizaba como señalador. Luego volvió a levantar la vista hacia mí, frunciendo el ceño.
—¿Por qué me sigues llamando así en el año 2059? Pensé que nadie creía aún en ángeles y dioses después de la crisis del 50.
—Pero aquí estás, ¿no?
Se sentó a mi lado y meneó la cabeza de lado a lado.
—Claramente no soy un ángel. ¿Acaso ves mis alas? Simplemente soy el Mensajero.
—Y... ¿Cuál es el mensaje para mí?
—No es tan fácil —leyó nuevamente la página que tenía marcada y cerró el cuaderno bruscamente—... Uma. Llevo años explicando esto y todavía no sé resumirlo o hacerlo entendible —dijo más para él que para mí—. Por favor, no me hagas preguntas hasta que termine. Soy un viajero del tiempo. Y como tal, tengo el poder de saber lo que va a suceder. La mayoría de los eventos ya están escritos, excepto algunos, aislados, en los que se puede intervenir y reescribir la historia. Ahí es donde yo entro en juego. Ya no recuerdo cuándo anoté esos eventos variables, como los llamo, pero en lo único que confío es en este cuaderno. Y aquí dice que hoy, 28 de septiembre del 2059, Uma Silva puede intervenir.
—¿En qué? —pregunté apenas noté una pausa, asumiendo que había terminado.
—No puedo decírtelo. Son las reglas.
Me reí, sonando indignada.
—Esto es ridículo. Tienes razón, no sé por qué aún profeso esta religión. Si Dios existiera no me habría dejado a cargo de tomar esta tremenda decisión.
—Tienes dos opciones, lo sabes. Y lo que pase luego dependerá absolutamente de lo que decidas hacer.
Me detuve a pensarlo por unos segundos. Ya había leído estas historias en internet: personas en contra del avance de la ciencia, tratando de convencer al resto de que las "mejoras" no mejoran, sino que empeoran. Como si lo importante no fuera simplemente preservar la vida.
—Si lo que buscas es que corra a través de esa puerta y grite a los técnicos para que se detengan, estás en el lugar equivocado.
—Mi tarea ya está hecha —dijo mostrándome las palmas de sus manos—. Ahora es tu responsabilidad decidir sabiamente.
Y simplemente desapareció frente a mis ojos, no dejando rastro alguno.
No había nada que decidir, porque estaba segura de lo que había elegido. Quería que mi hermanito siguiera vivo. Quería que tuviera la oportunidad de ver las cosas y los lugares que yo había visto, que pudiera volver a acostarse al lado del lago para ver las nubes y encontrarles formas ridículas e inimaginables. Que llegara a tener la edad suficiente como para saber apreciar la luz de los atardeceres, y sentir la emoción de estar en un concierto, compartiendo la misma pasión con miles de desconocidos. Entonces, cuando el técnico volvió a acercarse a mí para contarme por enésima vez la enorme cantidad de posibles complicaciones y preguntarme si estaba segura de querer hacerlo, firmé el papel sin leer con detenimiento.
Y luego de otro larguísimo día de espera, en el que no me moví del hospital ni siquiera para bañarme o relajarme un poco, entré a la habitación de mi hermanito acompañada por una enfermera, para reconocer que los rasgos de su cabeza metálica realmente se parecían a los de él antes del accidente.