Creo que fue un miércoles. No. Fue un jueves. Porque recuerdo haber esperado a la chica que limpiaba mi casa en ese entonces, y ella iba lunes y jueves. Y lunes claramente no era, porque los lunes no limpiaba la vereda. Y ese día faltó porque le dolía la cintura, así que yo tuve que salir a barrer las hojas y las bolitas esas marrones que caen del árbol de mi casa. Si no fuera un ser vivo lo sacaría a la mierda. Pero uno de los mandamientos es "no matarás" y no sé si se refiere a personas o a cualquier ser vivo. Nunca me animé a preguntarle eso al cura de mi escuela, porque básicamente nunca me animé a nada. Y San Martín también le dijo a su hija Merceditas que no tenía que matar ni a una hormiga. Una hormiga me parece tan importante como un árbol. A veces nos olvidamos, pero en realidad todos somos igual de importantes. Todos somos tan sólo una parte de la cadena. Y si a la cadena le falta un eslabón ya no funciona. Y no hay eslabones más grandes o importantes que otros. Pero como los humanos somos seres conscientes, nosotros mismos nos convencimos de que somos más importantes que los animales o las plantas. Puras mentiras.
Entonces, yo salí a barrer la vereda, con la escoba esa de pelos fucsias. Porque la otra, la azul, la usaba para adentro de mi casa, sino se estropea muy rápido. Supuse que no iba a haber nadie así que salí con el pantalón del pijama. Creo que se me veía la bombacha porque ya estaba medio transparente. Pero, tal como pensaba, todos dormían la siesta. Yo también habría dormido si a Carina no le hubiera dolido la cintura. Y lo peor es que después me terminó doliendo a mí, ¿viste? Yo ya no estoy para esos trotes. Por eso le pagaba a ella. Un par de horitas por día, total mi casa no es tan grande. Antes, cuando los chicos vivían acá, se ensuciaba más. Entraban con barro en las zapatillas y dejaban pasar a los perros. Ahora ya no.
El día anterior me acuerdo que hubo mucho viento, por eso había tanta tierra en la vereda. Y mientras la juntaba en una montañita se me vino a la mente la imagen de mi hija, la del medio, diciéndome "Ma, ¿para qué barrés la vereda si siempre se va a volver a ensuciar?". Y quizás tenga razón, lo admito. Pero son las obsesiones, ¿viste? Te taladran la cabeza como un pájaro carpintero. Una época no podía mirar los canales de televisión que fueran impares. Una locura.
Así que ahí estaba, barriendo en pijama, tarareando una canción de Shakira. Una de las viejas, de cuando era morocha y le daba vergüenza mostrar la cadera. Y de repente escuché pasos claramente apurados. El hombre estaba como a dos cuadras, pero yo ya lo escuchaba porque éramos las únicas dos personas en la calle. Venía corriendo a toda velocidad, como perseguido por el mismísimo Satanás, con todo respeto. Ni siquiera paró para mirar a los costados cuando llegó a la esquina, cruzó así como venía, trastabillándose todo el tiempo. Para colmo, tenía una sola zapatilla puesta, y con los cordones desatados. Yo no sé qué hice cuando lo vi acercarse, no me acuerdo. Seguro me quedé parada, sosteniendo el palo de la escoba.
Cuando llegó a la cuadra de mi casa me debió haber visto, porque empezó a revolear los brazos. Entonces le pregunté, a los gritos, si tenía que llamar a la policía. Pero no entendía lo que me decía. Primero creí que le costaba hablar por todo lo que había corrido. Pero después me di cuenta de que parecía sofocarse. Dos segundos después simplemente se desplomó a mi lado. Intenté sostenerlo pero era mucho más grande que yo, así que los dos nos caímos al piso, justo arriba de la montañita de tierra. Recién ahí pude descifrar lo que decía. "Hay un anillo en la taza". Me alejé lo más rápido que pude y me quedé contra la pared de mi casa, como si alguien me estuviera acorralando. Y ese alguien era el miedo. Me llevó un par de minutos reaccionar. Los médicos vieron los signos de asfixia y reconocieron que se trataba de la misteriosa enfermedad del anillo. Dios me libre. Fue el primer caso en el barrio. Yo tenía miedo de que fuera contagiosa, pero los médicos me explicaron que no. De todas formas, no me convencieron. Porque si no saben qué produce la enfermedad, ¿cómo podrían saber cómo se transmite? Simplemente terminás tu taza de café o té o lo que te guste tomar, y el anillo dorado está ahí, impregnado en la cara interna de la vajilla.
Así que desde ese día que no puedo usar tazas. Ni vasos, ni botellas, ni copas, por las dudas. Sólo bebo agua directamente de la canilla, como en el recreo de la primaria. ¿Qué necesidad tenía ese hombre de salir corriendo y caer en mis brazos? Si sabía que iba a morir, podría haberlo hecho en su casa.
¿Creés que mi problema tiene solución? ¿Alguna pastillita que pueda tomar? Preferentemente sin agua...
¡Muy bueno! Saludos.
ResponderEliminarMuchas gracias!
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