20 ago 2016

Insomnio

Era una de esas noches de verano en las que la temperatura no disminuye ni siquiera pasada la medianoche. Mi hermano, que en ese momento tenía cinco años, dormía plácidamente. Pero yo no lograba conciliar el sueño. No era la primera vez que me pasaba. De hecho, fue una situación tan recurrente durante esas vacaciones, que mi mamá decidió comprarme un atrapasueños. Aunque era inútil, porque mi problema no eran las pesadillas, yo no podía dormir.
Llevaba dos horas dando vueltas en la cama sin éxito. De todas formas, cuando me tocaba enfrentar la pared, mi corazón latía demasiado rápido y no aguantaba más de diez minutos, por la ya tan conocida razón. Tenía que asegurarme de que nadie atravesara la puerta de mi cuarto. Quizás no podía dormir por esa necesidad de estar vigilando todo el tiempo. Mi mamá le quitaba importancia y me decía que sólo se debía a que me levantaba muy tarde cada día. Pero yo estaba segura de los pasos que escuchaba de vez en cuando, resonando en el silencio de la noche.
Las agujas del reloj de Mickey Mouse que colgaba en la pared me mostraron que ya era la una de la madrugada. Y yo seguía con los ojos abiertos de par en par. Por momentos los cerraba, con fuerza, pero se sentía como si estuvieran secos, como si tuvieran arena en su interior, y me veía obligada a abrirlos nuevamente.
Ya había intentado todas las opciones que mi madre me daba, como ser girar la almohada, tomar agua, cerrar los ojos y pensar en algo lindo, abrazar a mi perrito de juguete. La tele con el volumen en cero simplemente no me entretenía, así que sólo me quedaba pasar las horas jugando. Para ese entonces ya había inventado varios juegos, pero mi preferido era el de pensar palabras que sólo tuvieran una vocal. En mi mente, las letras competían entre sí, y siempre ganaba la A. Ahora mismo ni siquiera se me ocurre una palabra que sólo tenga la U.
La E ya tenía dos palabras en su lista: té y peste. Me encontraba buscando una palabra con tres E cuando escuché el primer ruido extraño de la noche. Subí sólo un punto el volumen de la tele y me quedé quieta, como si fuera de piedra. De alguna forma creía que eso me ayudaría a esconderme de ellos, pero mi respiración acelerada debía delatarme incluso desde la escalera. Temía por mí y por mi hermano, pero más que nada me preguntaba si ya le habrían hecho algo a mi mamá, que dormía en el piso de abajo.
No hubo ningún otro ruido luego de ese, entonces me convencí a mí misma de que se trataba de la madera que cubría la pared, crujiendo debido a algún cambio de temperatura. Intenté volver a mi actividad anterior pero ya estaba demasiado alterada como para concentrarme. Tenía los sentidos tan alerta que cosas mínimas como el tick-tack del reloj me molestaban a sobremanera.
Casi había normalizado mi respiración cuando vi una sombra moverse en la pared de la escalera. No pestañeé por el mayor tiempo que pude, y sentir el corazón latiéndome en la garganta no ayudaba en lo absoluto. La sombra se deslizó unos centímetros, y cuando creí que algo atravesaría la puerta, llamé a mi mamá con un grito desesperado. No quería hacer eso, no quería llegar hasta ese punto, porque para ese entonces ella bien podría estar muerta. Pero al menos conseguí que la sombra desapareciera, esfumándose de inmediato.
Unos pasos firmes precedieron a la figura de mi mamá, vistiendo esa remera verde que usaba para dormir porque ya estaba rota. A pesar del terror que me daba pensar que quizás ella no era verdaderamente mi madre, le conté todo, sollozando. La expresión en su rostro cambió del susto al enojo en cuestión de segundos. "Te dije que esos programas de extraterrestres no son para chicos de nueve años, Carla. Tendré que sacar la tele de acá", fue todo su discurso. Luego me alcanzó el vaso de agua que se encontraba en la mesa de luz, bebí un trago y la observé marcharse.
Me tranquilizó escuchar que me retara de esa manera, porque eso era algo que mi verdadera madre hubiera hecho. Pero una luz azul resplandeciendo en la escalera se llevó mi calma nuevamente. "¡Má!" grité con todas mis fuerzas, sin importar que mi hermano pudiera despertarse esta vez. Y lo que se asomó por el marco de la puerta no era ni remotamente parecido a mi mamá. Puedo asegurarlo porque su cabeza era enorme y ni siquiera tenía dos ojos. Pero vestía esa remera verde con pequeños agujeros en los hombros, y sonrió mostrándome todos sus dientes.