Le atormentaba pensar que, en vez de estar encerrado viendo a una persona muerta, debería haber estado haciendo algo respecto a su habitación. La lista con las cosas perdidas en el fuego ya estaba escrita, pero aún tenía que pensar cómo recuperarlas. La idea era dormir en el cuarto de Lene por un tiempo. También estaba el de sus padres, pero no le gustaba siquiera entrar ahí.
Era el quinto o sexto sándwich que se comía junto a la ventana y todavía no había podido cruzar miradas con Sam. No estaba seguro de querer hacerlo. Quizás hasta había evitado que sucediera un par de veces, desviando la vista bruscamente.
Confirmó que ya sabía que él estaba ahí cuando salió a fumar un cigarrillo y Sam inmediatamente cruzó la calle. Llevaba dos años sin verlo, desde que la sangre mala se llevó a su madre y, no sólo se mudó de edificio, sino que nunca regresó al colegio. Se oían rumores de que su padre había enloquecido y él tuvo que encargarse de sus hermanos. Tristan los creía porque sabía lo duro que era perder a personas queridas.
—¿La sangre mala? —le preguntó con dificultad, deteniéndose delante suyo y tapando el sol con su cabeza.
—Un incendio —le respondió mirando hacia arriba—. Kristel, ¿te acuerdas? La del departamento 14. Igual también tenía la sangre mala. Ya estaba morada.
Sam se sentó en el borde de la acera a su lado y permaneció en silencio. Solía hablar tanto cuando eran chicos que por un momento pensó que se trataba de otra persona.
—El fuego pasó a mi habitación —siguió contándole—. Por suerte Lene y yo no estábamos en casa. Pero perdí varias cosas, como el diario ese donde siempre escribía.
—Una vez lo leí —le confesó Sam, como empujando las palabras con fuerza fuera de su boca—, cuando me quedé a dormir y vimos esa película del conejo asesino.
Al instante recordó esa noche y no pudo evitar sonreír, a pesar de sentir esa insoportable presión en el pecho que aparecía cada vez que traía un recuerdo a su mente. Todo era tan distinto en esa época. Tenía una familia, tenía buenos amigos como Sam, tenía un futuro que creía asegurado. Pero la sangre mala arrasó con Gateway y se llevó todo consigo. Ya habían pasado casi cuatro años desde el primer caso descubierto, que resultó ser tía o prima de la directora de la escuela. La pobre murió a los días. A medida que pasó el tiempo los médicos fueron encontrando tratamientos cada vez más eficientes, pero nunca nadie se pudo salvar completamente.
—No había nada que no supiera ya —continuó Sam.
—Siempre te conté todo —le aseguró.
Tristan le propuso ir a caminar, porque el sol le daba directo en la cara y comenzaba a molestarle. Aceptó sin siquiera hacer un gesto. Antes de irse, Tristan se asomó por la puerta y le avisó a Lene que regresaría más tarde.
Ninguno de los dos dijo una sola palabra, pero sus pasos iban coordinados, como si su destino hubiera estado pactado desde el principio. Es que se trataba del parque donde pasaron todas las tardes de su infancia y adolescencia. Al parecer Sam no había estado por ahí hacía tiempo, porque se sorprendió al ver que ya no existía el árbol al que solían treparse. Se acercó hasta lo que quedaba del tronco y siguió las líneas circulares con la yema de su dedo índice.
—Lo cortaron este verano —le comentó Tristan—. Es una lástima, ¿no? Antes hablabas tanto —agregó luego de suspirar—. Inventabas todas esas historias fantásticas.
—¿Es que no te das cuenta, Tristan? —dijo con más energía—. La única historia que podría contar ahora es la de la sangre mala. Podría escribir un libro y venderlo en otros países donde nadie habla de ésto. Aunque este año cumplo dieciocho y, quién sabe, quizás me enfermo yo también y no llego a publicarlo.
Un instante después rompió en llanto frente a quien solía ser su mejor amigo, sin vergüenza o temor, como si lo hubiera retenido por años. A Tristan se le destrozó el alma, porque Sam siempre había sido el más fuerte de los dos. Y de repente estaba tan vulnerable, con el rostro escondido entre sus manos y las lágrimas escapando sin pedir permiso. Le acarició el hombro e intentó decir algo para calmarlo, pero no encontró las palabras correctas. Es que simplemente no había nada que pudiera consolarlo, los dos sabían lo incierto que era el futuro de ambos.
—Lo siento —le dijo limpiándose la cara con la manga de la camisa—, es por esto que no volví a verte. Perdón, Tristan —repitió—. Cada vez que recuerdo cómo era la vida antes siento golpearme contra una pared.
—Está bien, Sam. Te entiendo, me pasa lo mismo. Lo siento aquí en el pecho, me quema y me asfixia. Se lleva todo el aire de mis pulmones. Es insoportable.
Se sentaron sobre la porción de tronco que aún se asomaba desde la tierra y observaron las nubes moverse en el cielo.
—Nacimos sin nada y seguro que no tenemos nada ahora —sentenció Sam.
—¿Qué?
—Eso decían en la película del conejo.
—Nacemos sin nada y morimos sin nada, así era —lo corrigió Tristan.
—Da igual. Me alegra haberte encontrado. Podrías ayudarme a romper la pared para que no me siga chocando. Podríamos empezar a golpearla con rocas y, a medida que saquemos pedazos, podremos construir herramientas mejores. O podríamos encontrar un punto débil que haga que se caiga por completo con sólo tocarlo.
Tristan cerró los ojos y se dejó llevar por sus palabras, como arrastrado por la corriente, porque en seguida se dio cuenta de que una de sus historias había comenzado. Sabía que las palabras estaban atrapadas en su cabeza, y finalmente encontraron la forma de salir. Él mismo había logrado derribar la pared. Y todo el tiempo que mantuvo los ojos cerrados pudo hacer de cuenta que nada había cambiado. Sam continuó su relato, llevándolo por el camino improvisado que más le gustaba en el momento, y de vez en cuando Tristan metía algún bocadillo, porque también era parte de la historia. Ahí estaban, destruyendo un muro y descubriendo que del otro lado se hallaban ellos mismos. Pero sin marcas en su interior, intactos, como antes de que las desgracias llegaran. Y corrían por el parque, fingiendo ser superhéroes, y volvían a casa a la hora de la merienda para ver la televisión con sus padres, que seguían vivos.
Cuando Sam se detuvo a Tristan no le importó, porque se sentía más liviano, ya no llevaba esa carga en su espalda. Y estaba entusiasmado porque volverían todos los días a sentarse sobre ese tronco y a inventar cuentos que nunca sucederían más allá de sus mentes.
—Va a ser así para siempre. Tú y yo, el parque, los relatos. Amigos para siempre, como dijimos esa vez que bebimos demasiada cerveza en la puerta del edificio —aseguró Tristan, ignorando su inevitable final—. Mientras podamos cerrar los ojos e imaginar las situaciones que queramos, el futuro estará en nuestras manos.
Se despidieron con un abrazo y juraron volver a verse a las tres de la tarde del día siguiente. Sam cumplió con su palabra, pero había algo que desconocía. Tristan ya había cumplido los dieciocho en febrero, y su cuerpo había permitido que la sangre mala corriera por sus venas.