30 oct 2016

El Hombre Polilla

Era mi primer día en la Escuela N°6 y mi décimo segundo día en El Sombrero. No es que viviera literalmente en un sombrero. El nombre del pueblo se debía a esa gigantesca roca con forma de sombrero de vaquero a un costado de la ruta que atraía a cientos de personas en temporada alta. De todas formas, los visitantes nunca llegaban a entrar al pueblo. Simplemente detenían sus vehículos en el parador de la ruta, descendían y algún miembro de la familia le pedía a cualquier desconocido que les tomara una foto mientras todos posaban junto a ese extraño accidente geográfico. Luego volvían a subir, mirando las pantallas de sus cámaras y celulares, y se alejaban hasta perderse de vista. Yo mismo veía esa escena repetirse día a día cuando trabajaba en el puestito de regionales, vendiendo llaveros con forma de sombrero, imanes con forma de sombrero, adornos con forma de sombrero y hasta sombreros con forma de sombrero.
Pero eso fue mucho después. Volvamos a ese primer día de escuela. Era el único chico nuevo en quinto año y mi cabello era tan rubio que resaltaba entre la marea de cabezas marrones que recorrían el patio caminando en grupitos de cuatro o cinco. Nadie se había acercado a hablarme en todo el recreo, y yo no estaba dispuesto a iniciar ninguna conversación, así que sólo esperé a que el timbre sonara para volver a entrar a clases. Al sentarme en mi asiento encontré una nota escrita en un pedazo de hoja rayada que decía:

“Te esperamos en la estación de servicio de La Madrid y Juncal a las 13:15 para cumplir con la obligación de los Nuevos (o habrá consecuencias inmediatas). 
PAM y KIM.” 

Me reí un poco, esperando que fuera una broma, y miré a mi alrededor buscando al emisor del mensaje. Pero todos mis compañeros se hallaban concentrados en otras cosas y nadie me estaba prestando atención. Así que guardé el pequeño papel en mi bolsillo y esperé a que fuera el mediodía. La estación de servicio donde me habían citado quedaba de camino a mi casa, así que supuse que podría pasar por la vereda de enfrente y echar un vistazo. Como no se veía a nadie sospechoso, seguí caminando como si nada, sintiéndome bastante aliviado porque evidentemente se trataba de una broma. Pero segundos luego oí pasos rápidos y atolondrados y una voz que gritaba:
—¡¿A dónde vas?!
Detuve mi marcha y volteé para encontrarme con dos chicas corriendo hacía mí a toda velocidad. Mientras recuperaban el aire después de haber llegado hasta donde yo estaba, noté que a simple vista parecían idénticas, aunque vestían distinta ropa.
 —¿Gabriel? —preguntó una de ellas.
—Sí —respondí con un dejo de temor.
—¿A dónde te ibas? ¿Querías tener consecuencias?
—Creí que alguien sólo se estaba riendo de mí.
—Ella es Pam —me dijo la de negro, señalando a la otra—, y yo soy Kim.
—Y vos sos Gabriel el Nuevo —dijo Pam.
—Sí, eso ya lo sabía. ¿Son gemelas?
—No, somos clones —respondió Pam con sarcasmo, y su hermana la hizo callar.
—Los Nuevos en el pueblo tienen que cumplir con ciertos retos para ser aceptados en la escuela.
—No me interesa ser aceptado —afirmé.
—Estás en quinto, ¿no es cierto? —asentí—. Te aseguro que serán los dos años más terribles de tu vida si el resto se entera de que no viniste esta noche.
—Como Dani el Nuevo —rió Pam.
—¿A dónde tengo que ir?
 —Acá está la dirección y la lista de cosas que tenés que llevar —me dijo Kim entregándome un papel doblado en cuatro de manera desprolija—. No te olvides y no nos dejes solas, ¿está bien?
Ni siquiera llegué a contestarles porque en seguida comenzaron a alejarse en dirección contraria a la que yo tenía que ir. Mientras caminaba hacia mi casa, desdoblé el papel y leí:

“Gabriel el Nuevo: 
Te esperamos a las 20:30 en Lima y Caseros, debajo del sauce más grande, frenTe al río. Es impoRtAntE qUe traigas uNa cámara y una linterna. Y que Seas puntual. De nO venir, te guardareMos un Banco al lado de Dani el Nuevo paRa que tE sientes ahí hasta que salgas de la escuela y puedas alejaRte de el SombrerO para siempre. 
PAM y KIM.” 

La letra era desigual y las mayúsculas en lugares aparentemente arbitrarios me desconcertaban tanto que seguí leyendo la nota aún mientras almorzaba. Se me ocurrió que las mayúsculas podían formar algún mensaje oculto, pero no conocía ninguna palabra que comenzara con GNT, al menos en español. Mi papá me vio leyendo la hoja arrugada y me preguntó si ya había conseguido admiradoras secretas, pero lo ignoré por completo, como había estado haciendo desde que me arrastró a ese pueblo en el medio de la nada.
Revolví mi habitación buscando la cámara pero no tuve éxito. Debía encontrarse dentro de alguna caja que aún no habíamos abierto luego de la mudanza. Pero sí encontré una linterna que funcionaba. La metí en el mismo bolsillo en el que llevaba los dos papeles que me habían dejado en el día, me puse una campera liviana y una gorra y salí de mi casa con la esperanza de que la cámara del celular fuera suficiente.
Lima resultó ser la calle que bordeaba al río, y caminé unas siete cuadras por ahí hasta llegar a Caseros. La intersección de ambas calles tenía dos esquinas, pero sólo una alojaba un enorme sauce con largas ramas que caían hasta el suelo. Saqué el papel de mi bolsillo para asegurarme de que debía meterme debajo del árbol, y así era. Entonces me agaché lo más que pude y atravesé las verdes hojas, que me rozaron la espalda. Las hermanas Pam y Kim ya estaban ahí sentadas esperándome. Aprobaron la cámara del celular sólo porque tenía flash y me felicitaron por llevar mi gorra. No entendí a qué se referían.
—¿No leíste el mensaje subliminal? —me preguntó Pam con voz burlona.
Confundido, busqué nuevamente el papel y Kim me lo quitó de la mano con fuerza.
—Tenías que leer las mayúsculas, ¿ves? Traé un sombrero —leyó.
Era exactamente lo que yo había intentado, pero sólo tenía que concentrarme en las mayúsculas que no estaban bien colocadas. De todos modos, aunque fuera por casualidad, cumplí con los requisitos, y las hermanas no podían decirme nada. Así que, protestando, me guiaron por el camino que nos llevaría a conocer al sujeto que yo tendría que fotografiar luego.
—El Hombre Polilla mide más de dos metros, al igual que cada una de sus peludas alas grises. Pero eso no le es un impedimento para subir a los árboles y observar el pueblo desde las alturas —me contaba Kim mientras caminábamos—. Nadie sabe qué busca, simplemente reposa ahí por momentos para luego continuar su vuelo.
—Es tan gigante que, en las noches en las que la Luna es la única fuente de luz, al pasar por delante de ella el pueblo entero se queda a oscuras por un par de minutos —agregó Pam.
Al ver que no lograban impresionarme con sus historias fantásticas, comentaban cosas entre ellas en un idioma que me era imposible entender y no sonaba como ninguno que yo conociera.
Caminamos durante casi diez minutos por el costado del río hasta llegar a un débil puente de madera que lo atravesaba. Cruzamos de a uno, porque no parecía soportar más de ochenta kilos, y nos adentramos por un camino de tierra rodeado de tupidos árboles. Todo a nuestro alrededor era oscuridad, a excepción de alguna ventana iluminada que aparecía cada varios metros, así que los tres encendimos nuestras linternas.
Nos detuvimos al encontrar otro camino de tierra que cortaba al nuestro.
—Acá es donde se hacen las ofrendas —me explicó Kim.
La ofrenda sería mi gorra. No creía en el Hombre Polilla, pero de todas formas no me convencía la idea de perder mi gorra, porque realmente la amaba. Los tres nos arrodillamos en el medio del camino, entrelazamos los dedos detrás de nuestras espaldas y esperamos al Hombre Polilla.
—Hay que cerrar los ojos —me dijo Pam—. Dicen que los que han hecho contacto visual han quedado ciegos para siempre.
Me negué a cerrarlos, pero me insistieron tanto que lo terminé haciendo. Imaginaba que alguien vendría y me pegaría con un palo en la nuca para luego robarme o algo así. De repente escuchamos pisadas detrás nuestro. Abrí apenas un ojo para poder mirar sobre mi hombro y vi un ser completamente negro acercándose despacio. Volví la cabeza al frente y cerré los ojos con fuerza. Las chicas estaban en completo silencio y supuse que tenía que imitarlas. Cuando los pasos se detuvieron, sentí cómo mi gorra se deslizaba por mi cabeza. Conté hasta diez, como habíamos acordado, y volteé rápidamente a la vez que sacaba el celular del bolsillo. Mis manos temblaban tanto que me era imposible enfocar la imagen, pero de todos modos disparé. El flash iluminó todo a nuestro alrededor, dejándome ciego. Cuando pude volver a ver, el Hombre Polilla ya no estaba ahí.
—Ya se fue —dije con un hilo de voz.
Pam y Kim se levantaron del suelo y me pidieron que les mostrara la foto. Había salido movida, pero se podía apreciar el tamaño de ese monstruo. Las chicas me felicitaron a los gritos y saltaron a mi alrededor. Como había logrado mi misión, debían cambiar mi nombre. Ya no podía ser Gabriel el Nuevo, tenía que ser otro Gabriel. Discutimos sobre eso mientras regresábamos a nuestro punto de partida y terminaron eligiendo Gabriel el Rubio.
—Porque realmente sos la persona más rubia del pueblo —me explicó Pam.
Dani el Nuevo seguía siendo Nuevo porque nunca aceptó hacer el reto del Hombre Polilla. Pero yo me había ganado mi propio nombre, y estaba orgulloso de eso.
Cuando llegamos al puente, Kim nos pidió que hiciéramos silencio tras anunciar que había escuchado algo.
—Quizás es el Hombre Polilla —propuse.
—¿Por qué volvería? —preguntó Pam, y Kim le respondió en ese idioma desconocido.
Estaba a punto de preguntarles qué estaban diciendo, cuando Kim nos volvió a callar. Entonces yo también escuché un sonido proveniente de algún árbol cercano. Pam estaba blanca como la Luna. Quise alumbrar con la linterna pero Kim me lo impidió. Miré con miedo cada una de las copas de los árboles pero fue Pam la que divisó primero la enorme silueta negra situada del otro lado del puente. Levantó un dedo tembloroso y señaló en esa dirección, pero ninguna palabra pudo salir de su boca. Por instinto nos acercamos los unos a los otros hasta que nuestros brazos estuvieron tocándose. Ese puente era el único que cruzaba el río, así que necesitábamos pasar por ahí sí o sí para volver a casa. Pero si hacíamos ruido, el Hombre Polilla nos descubriría. Kim decidió pasar primero de todas formas. Dio un paso adelante y gritó:
—¡Martín, bajá! ¡Ya no es gracioso!
Miré a Pam buscando una explicación.
—No hay ningún Hombre Polilla —me confesó susurrando—. Es nuestro amigo Martín disfrazado.
Pero Martín seguía en el árbol, inmóvil. Kim dio otro paso y las ramas del árbol se sacudieron.
—¡En serio, Martín! —volvió a gritar Kim.
Dos pequeños puntos rojos brillaron en medio de la oscuridad. Pam gritó primero, luego Kim y por último yo. Los tres corrimos juntos por el puente sin pensar que podía caerse, siempre mirando hacia el piso y al borde de las lágrimas. Se oyó el aire sacudirse, y levanté la vista en el momento en que el Hombre Polilla desplegaba sus inmensas alas grises. Se elevó a la altura de la punta del árbol y voló sobre nosotros justo en el instante en que alcanzamos la otra orilla. Sin mirar atrás, continuamos corriendo hasta encontrar una calle alumbrada. Las gemelas se abrazaron. Pam incluso lloraba. Por mi parte, sentía el corazón latiéndome en la garganta, y mi cuerpo estaba cubierto por un sudor frío.
El regreso a casa fue difícil. Todos nuestros sentidos permanecieron alerta por horas y cada vez que escuchábamos el mínimo ruido, volteábamos horrorizados. Las diez cuadras que separaban mi casa del viejo sauce las recorrí casi corriendo. Mis papás ya estaban acostados cuando llegué, y unas frías porciones de pizza me esperaban dentro del microondas. Comí en silencio, pero con las luces encendidas en toda la casa. Y en vez de dormir, esa noche sólo pude pensar en todo lo que había sucedido tan sólo horas atrás.
Al día siguiente, en la escuela, me esperaba mi gorra sobre mi banco. Pam y Kim me saludaron desde la puerta del aula. Ellas estaban en sexto, así que cursaban en el aula de al lado. Todos quisieron ver la foto que había tomado, y yo la mostré orgulloso. Aunque me hubiera gustado tener una foto del verdadero Hombre Polilla, pero había estado muy ocupado corriendo por mi vida.

(Continuación)