16 oct 2017

Carta 4

(En respuesta a Carta 2 y Carta 3)


(Sin asunto)


Catalina Tapia <catapia@mail.com>




sábado 18/04, 10:15 a.m.


Hola Mate.
Antes que nada, te advierto que este mail no va a ser tan poético como el primero. Porque ahora estoy en modo "nervios" y ese día estaba en modo "nadie va a leer esto".
Mirá, no te contesté porque no creí que fueras a venir, y preferí dejarlo pasar. La verdad es que no era la idea que ese mail te llegara a vos. No es el primero que te escribo en estos cinco años. Tuve que amenazar a Paula para que confesara que fue ella la que lo envió. Parece que lo dejé abierto en la computadora, y la hija de puta aprovechó la oportunidad. Pero bueno, podemos hablar de eso esta noche.
¿Te parece venir a casa a cenar? Le conté a mamá lo de las milanesas y se emocionó, así que dijo que si venís esta noche hace, y napolitanas. Después podemos salir a dar una vuelta.
Mi número es 1578595213, mandame un mensaje cuando se te pase la resaca. No sé por qué seguimos hablando por mail. (¿De dónde habrá sacado Paula tu dirección?)
Nos vemos, ¿espero?
Cata.

15 oct 2017

Carta 3

(Otra respuesta a Carta 1)


Hola de nuevo


Mateo Galoni <mategaloni@mail.com>


sábado 18/04, 3:46 a.m.


Te dije que probablemente volvería a Buenos Aires en algún momento. Bueno, estoy acá. No te avisé antes porque no quería molestarte. No sabía cómo tomar tu no-respuesta al mail anterior. Tenía varias opciones:
1) Te llegó a la carpeta de correo no deseado y nunca lo abriste (mi favorita).
2) Te pusiste nerviosa, no supiste qué responder en el momento y te olvidaste después (algo que, conociéndote, te re podría pasar).
3) No querés verme (mi menos favorita).
Te imagino preguntándote por qué te mando este mail ahora si antes no te quise molestar. Y la respuesta es que estoy un poquitín borracho. Lautaro es, de hecho, el que me insistió. Nos juntamos a tomar unas cervezas en un bar en San Telmo, La Puerta Roja. Está bueno. Pusieron Franz Ferdinand y me hizo acordar a vos.
Bueno, si querés que nos veamos mañana a la noche o a la tarde o cuando quieras, avisame. ¡Pero avisame, eh! Podemos vernos acá mismo o donde quieras.
El lunes me vuelvo, así que avisame. No te olvides.

Mate.

4 oct 2017

La mejora


En otras ocasiones la gente no habría encontrado lugar para sentarse, pero esa noche la sala de espera estaba casi vacía. Una adolescente y su madre llegaron pasada la media noche. Se ubicaron en las sillas de enfrente, aunque estratégicamente dos o tres lugares hacia la izquierda, para no verse obligadas a hacer contacto visual conmigo. No las culpo, a mí tampoco me había gustado enfrentarme a mi rostro en el espejo del apestoso baño. Las ojeras, la piel reseca, las heridas, los restos de sangre, el cabello sucio y apenas sostenido por una hebilla.
No había nada interesante en internet. Nunca lo hay los días de semana a la madrugada. Aparecía un post nuevo cada siete u ocho minutos, que en mi mente eran eternos. Entonces levanté la vista del teléfono y observé con discreción a la chica que estaba con la madre. Sostenía uno de sus brazos con el otro, como si no respondiera, así que supuse que se le había tildado. Sus piernas eran tan delgadas que no me la podía imaginar caminando esos días de fuerte viento de agosto. Por suerte la llamaron rápido. Su nombre era Valeria o Valentina, ya no me acuerdo.
Era tal el cansancio acumulado en mi cuerpo que ya hasta me costaba mantener los ojos enfocados en algún punto. El grito del cantante de The Red Beards al principio de Get Nervous salió de mis auriculares y resonó en mis oídos, sobresaltándome. No era capaz de determinar si había dormido por tres minutos o una hora. Los ojos me ardían como consecuencia de la falta de sueño y de haberlos abierto tan rápidamente. Me imaginé que se veían rojos. Los rasqué con mis dedos índices y cuando mi vista se acomodó nuevamente descubrí a alguien observándome detenidamente. Tenía cabello rubio y ondulado, y vestía una camisa blanca con un pañuelo celeste alrededor del cuello. Además sostenía un cuaderno forrado con papel madera.
—Por fin —susurré mientras me quitaba los auriculares—. ¿Eres Gabriel, el arcángel?
Sin responderme, abrió su cuaderno en la página que indicaba un lirio viejo y reseco, que al parecer utilizaba como señalador. Luego volvió a levantar la vista hacia mí, frunciendo el ceño.
—¿Por qué me sigues llamando así en el año 2059? Pensé que nadie creía aún en ángeles y dioses después de la crisis del 50.
—Pero aquí estás, ¿no?
Se sentó a mi lado y meneó la cabeza de lado a lado.
—Claramente no soy un ángel. ¿Acaso ves mis alas? Simplemente soy el Mensajero.
—Y... ¿Cuál es el mensaje para mí?
—No es tan fácil —leyó nuevamente la página que tenía marcada y cerró el cuaderno bruscamente—... Uma. Llevo años explicando esto y todavía no sé resumirlo o hacerlo entendible —dijo más para él que para mí—. Por favor, no me hagas preguntas hasta que termine. Soy un viajero del tiempo. Y como tal, tengo el poder de saber lo que va a suceder. La mayoría de los eventos ya están escritos, excepto algunos, aislados, en los que se puede intervenir y reescribir la historia. Ahí es donde yo entro en juego. Ya no recuerdo cuándo anoté esos eventos variables, como los llamo, pero en lo único que confío es en este cuaderno. Y aquí dice que hoy, 28 de septiembre del 2059, Uma Silva puede intervenir.
—¿En qué? —pregunté apenas noté una pausa, asumiendo que había terminado.
—No puedo decírtelo. Son las reglas.
Me reí, sonando indignada.
—Esto es ridículo. Tienes razón, no sé por qué aún profeso esta religión. Si Dios existiera no me habría dejado a cargo de tomar esta tremenda decisión.
—Tienes dos opciones, lo sabes. Y lo que pase luego dependerá absolutamente de lo que decidas hacer.
Me detuve a pensarlo por unos segundos. Ya había leído estas historias en internet: personas en contra del avance de la ciencia, tratando de convencer al resto de que las "mejoras" no mejoran, sino que empeoran. Como si lo importante no fuera simplemente preservar la vida.
—Si lo que buscas es que corra a través de esa puerta y grite a los técnicos para que se detengan, estás en el lugar equivocado.
—Mi tarea ya está hecha —dijo mostrándome las palmas de sus manos—. Ahora es tu responsabilidad decidir sabiamente.
Y simplemente desapareció frente a mis ojos, no dejando rastro alguno.
No había nada que decidir, porque estaba segura de lo que había elegido. Quería que mi hermanito siguiera vivo. Quería que tuviera la oportunidad de ver las cosas y los lugares que yo había visto, que pudiera volver a acostarse al lado del lago para ver las nubes y encontrarles formas ridículas e inimaginables. Que llegara a tener la edad suficiente como para saber apreciar la luz de los atardeceres, y sentir la emoción de estar en un concierto, compartiendo la misma pasión con miles de desconocidos. Entonces, cuando el técnico volvió a acercarse a mí para contarme por enésima vez la enorme cantidad de posibles complicaciones y preguntarme si estaba segura de querer hacerlo, firmé el papel sin leer con detenimiento.
Y luego de otro larguísimo día de espera, en el que no me moví del hospital ni siquiera para bañarme o relajarme un poco, entré a la habitación de mi hermanito acompañada por una enfermera, para reconocer que los rasgos de su cabeza metálica realmente se parecían a los de él antes del accidente.

20 ago 2017

Carta 2

(En respuesta a Carta 1)


Hola Cata


Mateo Galoni <mategaloni@mail.com>


viernes 06/02, 10:36 p.m.


Querida Cata:

Yo sí te digo “querida” porque amo ser un cliché.
Perdón por tardar tanto en responderte. Tu mail me sorprendió, sobre todo porque creí que no querías tener nada que ver conmigo. Volví a Argentina casi un año después de haberme ido, pero no pude contactarte porque ya me habías borrado de todos lados. Terminé hablando con Lauti, y me enteré que el grupo se había disuelto. Ustedes (especialmente vos) eran mi razón para volver, por eso no he estado por allá en años. Debo extrañar mucho las milanesas que hacía tu mamá, porque de vez en cuando me aparece el sabor en la mente. Todavía no pude descifrar qué era eso tan especial que las diferenciaba del resto de las milanesas, tan mundanas.
Nunca antes habías mencionado eso de la luz y, es curioso, pero un profesor me dijo lo mismo hace poco. Me dejó pensando a qué se refería, y al verlo escrito en tu carta volví a ese estado de… introspección. O como sea, já. Por eso tardé tanto en responderte. Y sigo sin entenderlo. Supongo que vivo mi vida demasiado rápido como para deterneme a ver la luz de las personas. En Nueva York nadie te presta atención. Y esos amigos que decís que me conseguí no sé si son dignos de llamarlos así. Son divertidos y todo, pero les falta algo. Quizás sea que ya no tenemos diecisiete años. Uno siempre queriendo volver al pasado.
Claro que me acuerdo del día de los aviones. Tengo esta imagen grabada a fuego en mi mente: nosotros hablando de la profesora de química, vos diciendo que parecía la vieja de Monsters Inc., yo tomando un trago de jugo con vodka en el momento incorrecto, el líquido saliendo por mi nariz, vos ríendo, yo tosiendo, vos llorando de la risa. Cuento esa anécdota cada vez que vuelvo a beber vodka, y algunos ya están hartos de escucharme, en serio, ¡hartos!
No estaba enterado de la crisis existencial que tuviste en ese momento, aunque era esperable viniendo de vos. De todos modos te aclaro que el radio se agrandó, porque estoy a miles de kilómetros y si desaparecieras realmente me importaría. Y en cuanto a eso tan importante que dijiste… Creo haberlo escuchado. Pero preferí hacer de cuenta que no. Porque no habría sabido qué decirte. Porque me iba en unos meses, o porque tenía la mente en otro lado, o creía que era un chiste, porque me parecías mil veces más madura que yo.
Me alegra haber escuchado de vos, Cata. Quizás ahora sí tenga una razón para volver. Avisame si alguna vez te gustaría que nos encontremos para charlar un rato. Espero que todo haya salido bien con el vuelo de tu novio.

Un beso, Mate.

11 jul 2017

Carta 1

(Sin asunto)


Catalina Tapia <catapia@mail.com>


martes 03/02, 01:57 a.m.


Mateo:

Iba a escribir “querido Mateo” pero no quería ser un cliché.
Últimamente me acuerdo mucho de vos y los chicos. Sé que hace cinco años que no nos vemos (o sea un montón), pero me es imposible no pensar en esos veranos que pasamos juntos cada vez que hacen más de treinta grados y nadie me invita a una pileta o cada vez que siento el olor al repelente de mosquitos. Solía pensar que el otoño era la estación que más me deprimía. O capaz la primavera, con los adolescentes revoloteando y gritando en las calles, sabiamente ignorando lo horrible que es la vida. Pero en realidad es el verano. Más que nada por la nostalgia. Igual, vos sabés que todo me deprime. Presiento que por eso dejaste de hablarme. ¿Quién quiere lidiar con una persona llena de odio? Con el carisma y la luz propia que tenías (y probablemente sigas teniendo) no debe haberte costado demasiado conseguir nuevos amigos. Una vez te vi con ellos en una foto. Parecían de novela. Fue lo que me motivó a borrarte de mis redes sociales.
Ayer fui al aeropuerto a despedir a mi novio. ¿Te acordás de esa vez que nos escapamos de la escuela y fuimos a ver los aviones? Tenías ese sweater rojo que yo amaba porque las mangas eran gigantes y te tapaban las manos. Y yo te conté que fumaba y vos te enojaste, aunque ya lo sabías porque siempre tenía olor a humo. Igual tomamos vodka y, con los aviones pasando sobre nuestras cabezas y ensordeciéndonos, me pregunté cuál era el sentido de todo eso. Cuál era el sentido de que se construyeran aviones y de que la gente volara de un lugar a otro y de que yo estuviera ahí abajo haciéndome esas preguntas. Podía desaparecer en ese mismo instante, y el mundo seguiría existiendo, girando sobre su eje y alrededor del sol, como lo hizo desde un principio. Mi desaparición podía tener efecto dentro de un pequeño radio: mi familia, mis amigos, mis vecinos, vos. Pero, nuevamente, ese puñado de gente también era insignificante en el vasto universo. En ese momento no te dije nada porque no quería molestarte con mis inquietudes, no en tu cumpleaños.
Pensé tanto en ese día que llegué a preguntarme si realmente amo a mi novio. Quizás encuentre la respuesta unos renglones más abajo.
Ese día te dije algo muy importante para mí, de esas cosas que te lleva días preparar dentro de tu mente y meses dejar salir de tu boca. Y justo un oportuno (o no tanto) avión tapó mis palabras. Lo tomé como una señal y no lo repetí. De todas formas, sabía que te ibas en unos meses.
Mi novio estaba realmente nervioso por el viaje en avión. Y como yo sigo sin saber cómo hacen para volar, no pude tranquilizarlo. Supongo que si fueran tan inseguros se caerían más seguido.

19 feb 2017

VGB

Odio decir mi nombre. Juliana Mentesana. Así todo junto. ¿Cómo vas a elegir un nombre que rime con el apellido? Es increíble. Mentesana. Mente sana. Hace veinte años que la gente se ríe de mi apellido, desde que empecé primer grado. Me decían mente enferma, ¡qué inteligentes! Él único que no se reía nunca era Ariel. Pasa que su apellido era Montenegro. Y la lista en la escuela era Martínez, Meneses, Mentesana, Montenegro. Entonces cuando decían mi apellido él sabía que inmediatamente después venía el suyo y se concentraba en decir “presente”. Y ni siquiera pensaba en reírse.
Ariel y yo compartimos los doce años de escuela y nos volvimos buenos amigos, a pesar de nuestras diferencias. Él tiene ansiedad social y yo, que no puedo quedarme callada un segundo, siempre le serví de escudo, digamos. Nunca logro descifrar qué pasa por su cabeza. Muchas veces se queda ensimismado o prefiere estar solo. Y yo lo dejo, porque sé que él es así. Además es físico, imaginate. Ahora está haciendo el doctorado en algo sobre agujeros negros, qué se yo. Si lo habré visto llorando porque no llegaba a estudiar para los finales. “Juli, te lo juro, ¡necesito como dos semanas más!”. Siempre tan exagerado. Yo lo terminaba convenciendo, iba y se sacaba arriba de ocho.
Mi hermana vive en Córdoba hace unos años. Cierto que tengo que ser más específica. Porque los cordobeses se enojan cuando decís que alguien vive en Córdoba como si toda la provincia fuera una única ciudad. Sabrina vive en Villa General Belgrano, Córdoba, Argentina, América, planeta Tierra, Sistema Solar y ya me olvidé qué viene después. Ella es más parecida a Ariel. No soporta las muchedumbres ni los ruidos. “Odio Buenos Aires”, solía decirme, “la gente es maleducada y te lleva por delante y tiran papeles en la calle”. A mí, la verdad, me encanta. Mezclarme entre las personas y mirarlas a los ojos cuando pasan. Es increíble cómo se incomodan. Y conoció a su novio y se fueron a vivir allá. Es millonario Lucas. Por eso construyeron una casa y unas cabañas para alquilar. La verdad, no me la puedo imaginar. Si gritaba como loca con una arañita de mierda. Y en Córdoba hay hasta escorpiones.
Será que yo nunca encontré mi pasión. De periodismo a letras, de letras a ciencias políticas, de ciencias políticas a gastronomía y de gastronomía a diseño gráfico. Ariel dice que es lo más vacío que pude haber elegido. Disculpame, pero las cosas que sabés de física no le sirven a nadie.
A la ida manejaba yo, así había sido el trato. Él eligió la música: The Album Leaf. Lindas canciones, sobre todo para viajar. Ariel y yo estábamos parando en Villa Carlos Paz, otra ciudad de Córdoba. Habíamos comprado un Gol hacía exactamente un mes. Y estábamos re felices porque tenía aire acondicionado. Igual el Duna nos había llevado hasta Puerto Madryn, no nos podíamos quejar. ¡Fue eterno ese viaje! Pero el aire acondicionado… El aire es otra cosa. Ariel se quejó del calor varias veces a pesar de todo, porque el sol entraba en el auto por su lado. Le dije que le venía bien un poco de color, ¡estaba pálido! Siempre fue así de blanco. Acá, donde le tapa el short, ¡se le ven las venas! Nunca le gustó que lo notara. Un día me mandó a la mierda. “¡Ya sé que se me ven las venas! ¡Me lo dice todo el mundo, Juliana!” Eso fue cuando teníamos trece, y desde ese momento nunca más lo volví a mencionar.
Ahora me acuerdo que me mareé un poco. El camino era sinuoso pero impresionante por donde miraras. Pequeños bosquecitos de pinos de un lado, un enorme dique del otro. Ariel fue sacando fotos todo el tiempo, al paisaje y a mí. Hasta que se enojó, porque yo me giraba para posar y él aseguraba que íbamos a chocar.
Cuando Lucas nos abrió la puerta de su casa, Ariel clavó una sonrisita mostrando los dientes, todos derechísimos. Siempre amé la forma en la que se hace el simpático con gente que le cae mal. Asiente a todos los comentarios y eleva sus cejas con falso interés. Y es increíblemente efectivo. Yo me doy cuenta porque lo conozco hace años. ¡Ay, lo quiero tanto! Lucas le contaba por qué es importante tapar las cámaras de las computadoras y cómo el gobierno te puede espiar y Ariel le mantenía la mirada y le seguía la corriente como si en su mente no hubiera estado pensando en ecuaciones que nadie entiende. El único momento en el que no pudo sostener su papel fue cuando Lucas nos preguntó si íbamos a casarnos. Ariel me miró como preguntándome “¿quién va a decírselo?”. “No… no estamos juntos. Soy asexual, ¿no te lo dijo Sabri?”, tuve que explicarle. Mi hermana, que venía de adentro trayendo una caja de alfajores, levantó sus hombros y se sentó al lado de su marido. Realmente era raro que no se lo hubiera dicho, hacía como ocho años que era la encargada de repartir ese mensaje entre todos sus conocidos. Juliana no quiere tener sexo con nadie, debe estar enferma o exagerando. ¡Y ahora viven juntos y tienen un auto! Casi podía escucharlos en mi mente. “¿Y vos nunca te enamoraste de ella?”, le preguntó Lucas a Ariel, como para seguir con la conversación desagradable. Ariel negó con la cabeza y se llenó la boca de alfajor para evitar tener que hablar.
Las calles de Villa General Belgrano (o VGB, como le decía Ariel) estaban repletas de gente, porque claro, era temporada alta. Y las casas… ¡Qué hermosas las casitas! Si me esforzaba un poco me sentía en Alemania. ¡Y los negocios de chocolate! Esos fueron mi perdición. Compré no sé cuántos. Me duraron hasta el verano. Recorrimos el centro de arriba a abajo y entramos a todos los localcitos de artesanías y regionales. Muchos duendes y eso, no son de mi gusto. Pero Ariel se compró un par de adornitos. Hay uno en casa, en la mesita del living. Yo lo odio. El duende ahí, tirado arriba de una… hoja de un árbol o qué se yo qué es. Me da envidia porque siempre está echado. Y yo voy y vengo y trabajo y cocino y limpio.
Después caminamos bordeando un arroyito. Me enganché hablando con mi hermana sobre una serie y cuando me di cuenta había dejado a Ariel solo con Lucas. Venían atrás nuestro. Me di vuelta y noté su típica cara de “estoy anotando mentalmente todas estas cosas graciosas para reírme más tarde cuando te las cuente”. Frené hasta que nos alcanzaron y nos unimos a ellos. Aparentemente estaban discutiendo sobre la existencia de Dios. ¡Por favor! ¡Habiendo tantos temas triviales de conversación tuvieron que elegir hablar sobre eso! Cuando volvíamos, Ariel me dijo que le parecía que Lucas tenía cara de religioso y solamente había querido probar su punto. “Su prueba de que Dios existe es que él es millonario, ¿podés creer?”, me dijo riendo.
Casi no se dirigieron la palabra después de ese mal rato. Y Ariel empezó a patearme la pierna por abajo de la mesa mientras estábamos en la pizzería, como señal de que quería irse. La gente piensa que es mi novio, pero yo a veces pienso que es mi hijo. Así que, con la excusa de que mi amigo no quería dormirse en el camino, emprendimos la vuelta a eso de... las diez y media. Agarramos la ruta, hicimos, no sé, un kilómetro, y la fila de autos se detuvo para siempre. Bueno, no para siempre. Pero de ahí en más empezamos a avanzar a paso de tortuga. Apagamos el bendito aire acondicionado porque ni siquiera se sentía y bajamos las ventanillas. Por lo menos corría aire fresco. Era mi turno de elegir la música y simplemente prendí la radio. Ariel me miró con desprecio, con decepción, ¡pero bien que terminó cantando todas las canciones!
Después de la primera hora moviéndonos lentamente en la ruta, Ariel ya estaba terriblemente fastidioso. Yo, en cambio, lo estaba disfrutando. Las estrellas brillando, la brisa fresca, esas canciones que todos sabemos porque siempre pasan en la radio, las luces de las casitas reflejándose en el agua del dique, las conversaciones existencialistas que me esmeraba por empezar pero mi amigo rechazaba con un monosílabo. Recuerdo haberle dicho que si íbamos a estar encerrados en ese auto de por vida tendríamos que llevarnos bien, ¡y largó una carcajada!
A las dos horas yo iba con los pies afuera de la ventanilla, porque ya no sabía en qué posición sentarme. La gallega que hablaba en el GPS se había callado, como si se hubiera ido a dormir. ¡Y por fin Ariel sacó de su mente la lista de las pelotudeces que había dicho Lucas esa tarde! ¿Viste cuando estás esperando algo pero no sabés qué? Bueno, así estuve yo hasta que dijo “número uno: las cámaras web”. Y yo exploté de la emoción, porque Ariel siempre hacía eso y siempre siempre era mi parte favorita. “Puede que a él lo espíe el gobierno porque es millonario, pero ¿quién va a querer espiarme a mí? ¡A mí! ¡Que lo único que hago en la computadora es reírme de memes y ver porno!”. El número dos fue justamente eso, el porno. Lucas no mira porno. ¡Ah! Pero la rara soy yo. Y los ítems siguientes fueron Dios, los proyectos de vida, las fundas del celular y qué se yo cuántas cosas más.
Casi tres horas tardamos en llegar. Y hubiéramos tardado más si la gallega no nos hubiera sugerido un camino alternativo a la altura de Alta Gracia. Ariel no me habló hasta el día siguiente. Era obvio que había alcanzado el máximo de interacción social posible. Y yo me acosté y me dormí a los dos segundos, con los pies ardiendo de tanto caminar.