4 oct 2017

La mejora


En otras ocasiones la gente no habría encontrado lugar para sentarse, pero esa noche la sala de espera estaba casi vacía. Una adolescente y su madre llegaron pasada la media noche. Se ubicaron en las sillas de enfrente, aunque estratégicamente dos o tres lugares hacia la izquierda, para no verse obligadas a hacer contacto visual conmigo. No las culpo, a mí tampoco me había gustado enfrentarme a mi rostro en el espejo del apestoso baño. Las ojeras, la piel reseca, las heridas, los restos de sangre, el cabello sucio y apenas sostenido por una hebilla.
No había nada interesante en internet. Nunca lo hay los días de semana a la madrugada. Aparecía un post nuevo cada siete u ocho minutos, que en mi mente eran eternos. Entonces levanté la vista del teléfono y observé con discreción a la chica que estaba con la madre. Sostenía uno de sus brazos con el otro, como si no respondiera, así que supuse que se le había tildado. Sus piernas eran tan delgadas que no me la podía imaginar caminando esos días de fuerte viento de agosto. Por suerte la llamaron rápido. Su nombre era Valeria o Valentina, ya no me acuerdo.
Era tal el cansancio acumulado en mi cuerpo que ya hasta me costaba mantener los ojos enfocados en algún punto. El grito del cantante de The Red Beards al principio de Get Nervous salió de mis auriculares y resonó en mis oídos, sobresaltándome. No era capaz de determinar si había dormido por tres minutos o una hora. Los ojos me ardían como consecuencia de la falta de sueño y de haberlos abierto tan rápidamente. Me imaginé que se veían rojos. Los rasqué con mis dedos índices y cuando mi vista se acomodó nuevamente descubrí a alguien observándome detenidamente. Tenía cabello rubio y ondulado, y vestía una camisa blanca con un pañuelo celeste alrededor del cuello. Además sostenía un cuaderno forrado con papel madera.
—Por fin —susurré mientras me quitaba los auriculares—. ¿Eres Gabriel, el arcángel?
Sin responderme, abrió su cuaderno en la página que indicaba un lirio viejo y reseco, que al parecer utilizaba como señalador. Luego volvió a levantar la vista hacia mí, frunciendo el ceño.
—¿Por qué me sigues llamando así en el año 2059? Pensé que nadie creía aún en ángeles y dioses después de la crisis del 50.
—Pero aquí estás, ¿no?
Se sentó a mi lado y meneó la cabeza de lado a lado.
—Claramente no soy un ángel. ¿Acaso ves mis alas? Simplemente soy el Mensajero.
—Y... ¿Cuál es el mensaje para mí?
—No es tan fácil —leyó nuevamente la página que tenía marcada y cerró el cuaderno bruscamente—... Uma. Llevo años explicando esto y todavía no sé resumirlo o hacerlo entendible —dijo más para él que para mí—. Por favor, no me hagas preguntas hasta que termine. Soy un viajero del tiempo. Y como tal, tengo el poder de saber lo que va a suceder. La mayoría de los eventos ya están escritos, excepto algunos, aislados, en los que se puede intervenir y reescribir la historia. Ahí es donde yo entro en juego. Ya no recuerdo cuándo anoté esos eventos variables, como los llamo, pero en lo único que confío es en este cuaderno. Y aquí dice que hoy, 28 de septiembre del 2059, Uma Silva puede intervenir.
—¿En qué? —pregunté apenas noté una pausa, asumiendo que había terminado.
—No puedo decírtelo. Son las reglas.
Me reí, sonando indignada.
—Esto es ridículo. Tienes razón, no sé por qué aún profeso esta religión. Si Dios existiera no me habría dejado a cargo de tomar esta tremenda decisión.
—Tienes dos opciones, lo sabes. Y lo que pase luego dependerá absolutamente de lo que decidas hacer.
Me detuve a pensarlo por unos segundos. Ya había leído estas historias en internet: personas en contra del avance de la ciencia, tratando de convencer al resto de que las "mejoras" no mejoran, sino que empeoran. Como si lo importante no fuera simplemente preservar la vida.
—Si lo que buscas es que corra a través de esa puerta y grite a los técnicos para que se detengan, estás en el lugar equivocado.
—Mi tarea ya está hecha —dijo mostrándome las palmas de sus manos—. Ahora es tu responsabilidad decidir sabiamente.
Y simplemente desapareció frente a mis ojos, no dejando rastro alguno.
No había nada que decidir, porque estaba segura de lo que había elegido. Quería que mi hermanito siguiera vivo. Quería que tuviera la oportunidad de ver las cosas y los lugares que yo había visto, que pudiera volver a acostarse al lado del lago para ver las nubes y encontrarles formas ridículas e inimaginables. Que llegara a tener la edad suficiente como para saber apreciar la luz de los atardeceres, y sentir la emoción de estar en un concierto, compartiendo la misma pasión con miles de desconocidos. Entonces, cuando el técnico volvió a acercarse a mí para contarme por enésima vez la enorme cantidad de posibles complicaciones y preguntarme si estaba segura de querer hacerlo, firmé el papel sin leer con detenimiento.
Y luego de otro larguísimo día de espera, en el que no me moví del hospital ni siquiera para bañarme o relajarme un poco, entré a la habitación de mi hermanito acompañada por una enfermera, para reconocer que los rasgos de su cabeza metálica realmente se parecían a los de él antes del accidente.

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