En otras ocasiones la gente no
habría encontrado lugar para sentarse, pero esa noche la sala de espera estaba
casi vacía. Una adolescente y su madre llegaron pasada la media noche. Se
ubicaron en las sillas de enfrente, aunque estratégicamente dos o tres lugares
hacia la izquierda, para no verse obligadas a hacer contacto visual conmigo. No
las culpo, a mí tampoco me había gustado enfrentarme a mi rostro en el espejo
del apestoso baño. Las ojeras, la piel reseca, las heridas, los restos de
sangre, el cabello sucio y apenas sostenido por una hebilla.
No había nada interesante en internet. Nunca lo hay los días de semana a la madrugada. Aparecía un post nuevo cada siete u ocho minutos, que en mi mente eran eternos. Entonces levanté
la vista del teléfono y observé con discreción a la chica que estaba con la
madre. Sostenía uno de sus brazos con el otro, como si no respondiera, así que
supuse que se le había tildado. Sus piernas eran tan delgadas que no me la
podía imaginar caminando esos días de fuerte viento de agosto. Por suerte la
llamaron rápido. Su nombre era Valeria o Valentina, ya no me acuerdo.
Era tal el cansancio acumulado en
mi cuerpo que ya hasta me costaba mantener los ojos enfocados en algún punto.
El grito del cantante de The Red Beards al principio de Get Nervous
salió de mis auriculares y resonó en mis oídos, sobresaltándome. No era capaz
de determinar si había dormido por tres minutos o una hora. Los ojos me ardían
como consecuencia de la falta de sueño y de haberlos abierto tan rápidamente.
Me imaginé que se veían rojos. Los rasqué con mis dedos índices y cuando mi
vista se acomodó nuevamente descubrí a alguien observándome detenidamente.
Tenía cabello rubio y ondulado, y vestía una camisa blanca con un pañuelo
celeste alrededor del cuello. Además sostenía un cuaderno forrado con papel
madera.
—Por fin —susurré mientras me
quitaba los auriculares—. ¿Eres Gabriel, el arcángel?
Sin responderme, abrió su cuaderno
en la página que indicaba un lirio viejo y reseco, que al parecer utilizaba
como señalador. Luego volvió a levantar la vista hacia mí, frunciendo el ceño.
—¿Por qué me sigues llamando así en
el año 2059? Pensé que nadie creía aún en ángeles y dioses después de la crisis
del 50.
—Pero aquí estás, ¿no?
Se sentó a mi lado y meneó la
cabeza de lado a lado.
—Claramente no soy un ángel. ¿Acaso
ves mis alas? Simplemente soy el Mensajero.
—Y... ¿Cuál es el mensaje para mí?
—No es tan fácil —leyó nuevamente
la página que tenía marcada y cerró el cuaderno bruscamente—... Uma. Llevo años
explicando esto y todavía no sé resumirlo o hacerlo entendible —dijo más para
él que para mí—. Por favor, no me hagas preguntas hasta que termine. Soy un
viajero del tiempo. Y como tal, tengo el poder de saber lo que va a suceder. La
mayoría de los eventos ya están escritos, excepto algunos, aislados, en los que
se puede intervenir y reescribir la historia. Ahí es donde yo entro en juego. Ya no
recuerdo cuándo anoté esos eventos variables, como los llamo, pero en lo único
que confío es en este cuaderno. Y aquí dice que hoy, 28 de septiembre del 2059,
Uma Silva puede intervenir.
—¿En qué? —pregunté apenas noté una
pausa, asumiendo que había terminado.
—No puedo decírtelo. Son las
reglas.
Me reí, sonando indignada.
—Esto es ridículo. Tienes razón, no
sé por qué aún profeso esta religión. Si Dios existiera no me habría dejado a
cargo de tomar esta tremenda decisión.
—Tienes dos opciones, lo sabes. Y
lo que pase luego dependerá absolutamente de lo que decidas hacer.
Me detuve a pensarlo por unos
segundos. Ya había leído estas historias en internet: personas en contra del
avance de la ciencia, tratando de convencer al resto de que las "mejoras" no
mejoran, sino que empeoran. Como si lo importante no fuera simplemente
preservar la vida.
—Si lo que buscas es que corra a
través de esa puerta y grite a los técnicos para que se detengan, estás en el
lugar equivocado.
—Mi tarea ya está hecha —dijo mostrándome
las palmas de sus manos—. Ahora es tu responsabilidad decidir sabiamente.
Y simplemente desapareció frente a
mis ojos, no dejando rastro alguno.
No había nada que decidir, porque
estaba segura de lo que había elegido. Quería que mi hermanito siguiera vivo.
Quería que tuviera la oportunidad de ver las cosas y los lugares que yo había
visto, que pudiera volver a acostarse al lado del lago para ver las nubes y
encontrarles formas ridículas e inimaginables. Que llegara a tener la edad
suficiente como para saber apreciar la luz de los atardeceres, y sentir la
emoción de estar en un concierto, compartiendo la misma pasión con miles de
desconocidos. Entonces, cuando el técnico volvió a acercarse a mí para contarme
por enésima vez la enorme cantidad de posibles complicaciones y preguntarme si estaba
segura de querer hacerlo, firmé el papel sin leer con detenimiento.
Y luego de otro larguísimo día de
espera, en el que no me moví del hospital ni siquiera para bañarme o relajarme
un poco, entré a la habitación de mi hermanito acompañada por una enfermera,
para reconocer que los rasgos de su cabeza metálica realmente se parecían a los
de él antes del accidente.
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