5 may 2018

La tabla barrenadora

Despliego la sillita rayada sobre la arena, que se encuentra por demás caliente. Algunos granitos de arena se colaron entre mis pies y mis ojotas, y el roce lo siento en los dientes, como si mis sentidos se hubieran intensificado. Mi intención es quitarme las ojotas e inmediatamente correr hacia el mar para no quemarme los pies. Pero Muriel se despoja de su ropa frente a mis ojos y me quedo mirándola, como si fuera la primera vez que la veo semidesnuda.
Insisto en comprarme una tabla de telgopor para barrenar en el mar. Muriel me mira con desaprobación. Debe creer que estoy viejo para eso, pero es uno de mis sueños frustrados y ahora que tengo veintiséis mis padres no podrán detenerme, como lo hicieron la última vez que estuvimos por estos lados. Le entrego los billetes al vendedor y me la llevo debajo del brazo, con una amplia sonrisa en el rostro.
Volvemos del centro pasada la medianoche. Muriel deja sobre la cómoda de la habitación el tigre gigante que saqué para ella en una de esas máquinas de peluches luego de jugar cuatro o cinco veces. Me había propuesto intentarlo hasta conseguir eses maldito tigre. De todas formas, jugamos con una tarjeta magnética que ella encontró por casualidad en una mesa de tejo. Arrastro a Muriel hasta la cama y comienzo a besarla. Se aferra a mi espalda con fuerza y suelto un grito de dolor, recordándole que mi piel se ha quemado unas horas antes cuando olvidé ponerme protector solar. Procuramos continuar con cuidado. Me detengo para girar el tigre hacia la pared porque siento que nos observa y me pone incómodo.
Nos faltan menos de cincuenta kilómetros para llegar a nuestro destino. Muriel lleva una caja de medialunas en la falda. Me acaricia la nuca mientras manejo y yo canto a los gritos las canciones de Sundara Karma que estamos escuchando.
Le pido a Muriel que desparrame el protector solar por mi espalda porque no alcanzo algunas zonas. Antes de empezar me deja un beso en el hombro izquierdo. Luego tomo la tabla barrenadora y me dirijo al mar con falsa seguridad. El fantasma de mi madre diciéndome que es peligroso me atormenta la cabeza. Pero nunca se lo confesaría a Muriel, que se esconde detrás de su cámara en la orilla. De repente aleja la cámara de su rostro para dejarla colgando en su cuello, y agita los brazos en el aire. Al principio creo que me está saludando y, sentado en la tabla, le devuelvo el saludo. Veo su boca moverse, pero no logro escuchar lo que dice. Lo único que podía leer en sus labios era "Pablo".
Muriel pasa corriendo por mi lado y me devuelve a la tierra. Siento el calor en mis pies y la imito. La temperatura del agua contrasta totalmente con la de la arena. Me adentro en el mar dando pequeños pasos. Muriel, que es mucho más valiente que yo, me hace señas desde unos tres o cuatro metros. Una ola rompe en la misma línea en la que me encuentro parado y me estiro hacia arriba para que el agua helada me toque la menor porción del cuerpo posible. Esto mismo se repite tantas veces que termino acostumbrándome.
Escucho frases sueltas, pronunciadas por distintas voces.
"Me gusta la sensación de tocarte el pelo cuando lo tenés tan corto".
"Si seguís sin ponerte protector solar te va a dar cáncer de piel, lo sabés, Pablo".
"No entiendo cómo lo sentís en los dientes, no tiene sentido".
"Cuatrocientos, quinientos. Gracias".
"Te amo. Tené cuidado con eso".
"Capaz tiene una cámara y graba todo con los ojos".
"No, no me voy a meter. Tengo frío. Me quedo acá para sacar fotos".
"¿Pablo en serio vas a gastar trescientos pesos en esta tabla?".
Algunas son frases que me dijo el hombre que me vendió la tabla, aunque la mayoría son de Muriel. También escucho risas y murmullos que no alcanzo a comprender porque pasan fugaces.
"Me la voy a comprar porque soy adulto, y los adultos podemos hacer lo que queramos".
"Dame otra medialuna, están riquísimas. ¡No, en la boca no!".
"¡Muriel! ¡Ayuda! ¡No puedo parar y no llego a tocar el fondo!".
"Me voy a morir".
Soy yo hablando. Las últimas oraciones las escucho entrecortadas, superpuestas con el sonido de las olas rompiendo. Rompiendo contra las rocas. Y ahora recuerdo. Recuerdo todo y soy capaz de armar el rompecabezas. Recuerdo el viaje por la ruta comiendo medialunas. Recuerdo el primer día, que la arena quemaba tanto como luego mi espalda, y que Muriel estaba sorprendentemente hermosa. Recuerdo la sensación de que las olas te levanten, después de quince años de no haber visitado la costa. Recuerdo esa noche cuando volvimos de comer pizzas en la peatonal. Recuerdo el tigre que le regalé a Muriel y cómo no pudo espiarnos mientras teníamos sexo. Recuerdo el día siguiente, cuando me detuve a comprar la tabla para barrenar. Recuerdo que creía manejarla, pero también recuerdo cómo terminé siendo arrastrado marea adentro, mientras Muriel se desesperaba en la orilla. Mi madre había tenido razón una vez más. Y finalmente recuerdo las rocas acercándose más y más.
Abro los ojos en lo que supone ser un movimiento brusco, pero me cuesta demasiado despegar los párpados. Apenas mover la cabeza me produce un dolor insoportable. Veo la bolsa de suero colgando a mi lado, y un montón de cables yendo y viniendo. "Me voy a morir", susurro. Muriel se acerca a mi rostro y alcanzo a ver que está llorando. "No te vas a morir, idiota", me dice secándose las lágrimas, "pero no vuelvas a usar esa cosa".