Me había prometido a mí misma no volver a participar de esos eventos. Aunque me hiciera ver como una cobarde, sabía que tenía que ponerme de pie y decir esas palabras que había ensayado ya en mi casa la noche anterior cuando, por obvias razones, no podía dormir. Y sin embargo ahí estaba, clavada al último asiento de la capilla de la escuela primaria, rehén de mis oídos, escuchando la historia que Camila tenía esta vez para contar. Todos estos cuentos de terror los heredaba de sus hermanos mayores, y Maxi y yo siempre teníamos el privilegio de poder escucharlos. Privilegio o desgracia, no lo sé.
Me perdí el principio de la historia por estar pensando en lo ridículo que se vería si confesaba que en serio me aterraban. Cuando finalmente comencé a escuchar Camila decía:
—Entonces los amigos de mi hermano se metieron en el geriátrico abandonado de Avenida San Martín, el que está acá cerca. Mi hermano dice que se sentía una energía extraña.
—¿Cómo una energía extraña? —preguntó Maxi.
—No sé cómo explicarlo. Como cuando algo te da mala sensación —dijo Camila, gesticulando con los ojos—. Había telarañas por todos lados, ¡y cucarachas! Pero están acostumbrados a eso y no les da miedo. Primero exploraron un poco, para ver si había drogadictos o vagabundos, pero estaba vacío. Entonces, acomodaron la manta en el suelo y se sentaron encima —Camila se quedó pensativa unos segundos—. No sé qué hicieron en ese momento.
Seguramente ellos eran los drogadictos, pero de eso me di cuenta años más tarde.
—De repente —siguió Camila, con esa voz de suspenso que le encantaba hacer—, una vieja silla mecedora que se encontraba en una esquina de la habitación comenzó a moverse sola. Algunos decían que era por el viento, pero la verdad era que las ventanas estaban cerradas y no corría nada de aire. Otros, los más valientes, se acercaron para observar desde más cerca el extraño fenómeno. Fue mi hermano el que descubrió que en uno de los apoyabrazos de la silla estaba tallado el nombre María. Lo leyó en voz alta, y su amigo repitió la palabra, leyéndola del otro apoyabrazos. "María María" resonó en la habitación casi vacía, y la silla se agitó con más fuerza. Los que pensaban que era el viento, ahora opinaban que era una simple coincidencia. Entonces volvieron a repetir: "María María". Y la silla les respondió, meciéndose aún más. Pronto se formó un coro que sólo decía "María María", y la silla se movía descontroladamente, cada vez más rápido. María María. Más rápido. María María. María María. Se sacudía como si fuera a salir volando. María María. María María. MARÍA MARÍA —gritó Camila.
Y en ese mismo instante, Ailén tocó mi espalda y la de Maxi, provocando que mis pies se levantaran del piso por tremendo susto. Camila y Ailén estallaron en risas. Yo tenía lágrimas asomándose por mis ojos. Maxi se quejaba a los gritos.
—Emi, no llores —me dijo Camila, apoyando su mano en mi hombro—. No pensé que te ibas a asustar tanto, perdón.
Las risitas en el medio de sus palabras hacían que todo sonara poco creíble. No sólo me había asustado demasiado, también me sentía traicionada por mi mejor amiga. Me puse de pie, me sequé las lágrimas con el puño del sweater del uniforme y pronuncié con claridad y convicción las palabras que tanto había ensayado:
—No quiero escuchar más tus historias de terror.
Camila abrió la boca para decir algo que no escuché, porque justo en ese momento sonó el timbre. El recreo se había acabado. Caminamos hasta el aula sin decirnos una palabra, y así permanecimos el resto de la mañana.
Siempre había tenido miedos bien concretos: la oscuridad, los tiburones, los ladrones, los extraterrestres. Pero ese día, a los diez años, descubrí otra clase de miedo. Éste era producido por mi mente, que no paraba de sabotear mis pensamientos. Si bien no había estado en ese geriátrico abandonado, y ni siquiera estaba segura de saber qué significaba "geriátrico", las imágenes en mi mente eran impecables. Las paredes desgastadas y sucias, el suelo cubierto por polvo, la virgen sentada en la silla mecedora, sacudiéndola con bruscos movimientos. Eso último ni siquiera había sido parte de la historia, pero por alguna razón mi cerebro eligió tomarlo como verdad. Quizás como resultado de una vinculación entre el nombre María y la virgen.
Ya acostada en la cama, con mis ojos verdaderos veía el techo, mientras que con los ojos de la mente veía la túnica de la virgen, tan blanca como el techo de mi habitación. Me costó horrores quedarme dormida. Y cuando finalmente lo hice, me vi atrapada en la peor pesadilla de mi vida. Me hallaba en el geriátrico, con Camila y Maxi. Camila contaba una de sus aterradoras historias. La silla mecedora, que en un principio estaba vacía, ahora se encontraba ocupada por una mujer cubierta de pies a cabeza. Me acercaba hasta ella, y en el momento en que me disponía a llamar su atención, la mujer giraba su rostro, para mostrarme dos lágrimas de sangre.
Me desperté bañada en sudor y con el corazón casi saliéndose de mi pecho. Maldije a Camila, como todas las noches, y giré sobre mí misma para dejar de darle la espalda a la puerta. Mi respiración volvió a agitarse cuando noté que el picaporte se movía hacia abajo. Lo primero que vi fue uno de sus pies, descalzo, y su pierna oculta tras una larga túnica blanca. Luego su mano se aferró al borde de la puerta, para asomar así su cara por ella. Sus ojos se veían tristes, como en las figuras de la capilla de la escuela. Se acercó sigilosamente hasta mi cama, tomó la punta de la sábana con ambas manos y me tapó hasta el cuello. Finalmente me dejó un beso en la frente y desapareció de la misma forma misteriosa en la que había llegado.
Nunca más pude volver a dormir sin antes tomar somníferos.
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