11 jul 2017

Carta 1

(Sin asunto)


Catalina Tapia <catapia@mail.com>


martes 03/02, 01:57 a.m.


Mateo:

Iba a escribir “querido Mateo” pero no quería ser un cliché.
Últimamente me acuerdo mucho de vos y los chicos. Sé que hace cinco años que no nos vemos (o sea un montón), pero me es imposible no pensar en esos veranos que pasamos juntos cada vez que hacen más de treinta grados y nadie me invita a una pileta o cada vez que siento el olor al repelente de mosquitos. Solía pensar que el otoño era la estación que más me deprimía. O capaz la primavera, con los adolescentes revoloteando y gritando en las calles, sabiamente ignorando lo horrible que es la vida. Pero en realidad es el verano. Más que nada por la nostalgia. Igual, vos sabés que todo me deprime. Presiento que por eso dejaste de hablarme. ¿Quién quiere lidiar con una persona llena de odio? Con el carisma y la luz propia que tenías (y probablemente sigas teniendo) no debe haberte costado demasiado conseguir nuevos amigos. Una vez te vi con ellos en una foto. Parecían de novela. Fue lo que me motivó a borrarte de mis redes sociales.
Ayer fui al aeropuerto a despedir a mi novio. ¿Te acordás de esa vez que nos escapamos de la escuela y fuimos a ver los aviones? Tenías ese sweater rojo que yo amaba porque las mangas eran gigantes y te tapaban las manos. Y yo te conté que fumaba y vos te enojaste, aunque ya lo sabías porque siempre tenía olor a humo. Igual tomamos vodka y, con los aviones pasando sobre nuestras cabezas y ensordeciéndonos, me pregunté cuál era el sentido de todo eso. Cuál era el sentido de que se construyeran aviones y de que la gente volara de un lugar a otro y de que yo estuviera ahí abajo haciéndome esas preguntas. Podía desaparecer en ese mismo instante, y el mundo seguiría existiendo, girando sobre su eje y alrededor del sol, como lo hizo desde un principio. Mi desaparición podía tener efecto dentro de un pequeño radio: mi familia, mis amigos, mis vecinos, vos. Pero, nuevamente, ese puñado de gente también era insignificante en el vasto universo. En ese momento no te dije nada porque no quería molestarte con mis inquietudes, no en tu cumpleaños.
Pensé tanto en ese día que llegué a preguntarme si realmente amo a mi novio. Quizás encuentre la respuesta unos renglones más abajo.
Ese día te dije algo muy importante para mí, de esas cosas que te lleva días preparar dentro de tu mente y meses dejar salir de tu boca. Y justo un oportuno (o no tanto) avión tapó mis palabras. Lo tomé como una señal y no lo repetí. De todas formas, sabía que te ibas en unos meses.
Mi novio estaba realmente nervioso por el viaje en avión. Y como yo sigo sin saber cómo hacen para volar, no pude tranquilizarlo. Supongo que si fueran tan inseguros se caerían más seguido.

19 feb 2017

VGB

Odio decir mi nombre. Juliana Mentesana. Así todo junto. ¿Cómo vas a elegir un nombre que rime con el apellido? Es increíble. Mentesana. Mente sana. Hace veinte años que la gente se ríe de mi apellido, desde que empecé primer grado. Me decían mente enferma, ¡qué inteligentes! Él único que no se reía nunca era Ariel. Pasa que su apellido era Montenegro. Y la lista en la escuela era Martínez, Meneses, Mentesana, Montenegro. Entonces cuando decían mi apellido él sabía que inmediatamente después venía el suyo y se concentraba en decir “presente”. Y ni siquiera pensaba en reírse.
Ariel y yo compartimos los doce años de escuela y nos volvimos buenos amigos, a pesar de nuestras diferencias. Él tiene ansiedad social y yo, que no puedo quedarme callada un segundo, siempre le serví de escudo, digamos. Nunca logro descifrar qué pasa por su cabeza. Muchas veces se queda ensimismado o prefiere estar solo. Y yo lo dejo, porque sé que él es así. Además es físico, imaginate. Ahora está haciendo el doctorado en algo sobre agujeros negros, qué se yo. Si lo habré visto llorando porque no llegaba a estudiar para los finales. “Juli, te lo juro, ¡necesito como dos semanas más!”. Siempre tan exagerado. Yo lo terminaba convenciendo, iba y se sacaba arriba de ocho.
Mi hermana vive en Córdoba hace unos años. Cierto que tengo que ser más específica. Porque los cordobeses se enojan cuando decís que alguien vive en Córdoba como si toda la provincia fuera una única ciudad. Sabrina vive en Villa General Belgrano, Córdoba, Argentina, América, planeta Tierra, Sistema Solar y ya me olvidé qué viene después. Ella es más parecida a Ariel. No soporta las muchedumbres ni los ruidos. “Odio Buenos Aires”, solía decirme, “la gente es maleducada y te lleva por delante y tiran papeles en la calle”. A mí, la verdad, me encanta. Mezclarme entre las personas y mirarlas a los ojos cuando pasan. Es increíble cómo se incomodan. Y conoció a su novio y se fueron a vivir allá. Es millonario Lucas. Por eso construyeron una casa y unas cabañas para alquilar. La verdad, no me la puedo imaginar. Si gritaba como loca con una arañita de mierda. Y en Córdoba hay hasta escorpiones.
Será que yo nunca encontré mi pasión. De periodismo a letras, de letras a ciencias políticas, de ciencias políticas a gastronomía y de gastronomía a diseño gráfico. Ariel dice que es lo más vacío que pude haber elegido. Disculpame, pero las cosas que sabés de física no le sirven a nadie.
A la ida manejaba yo, así había sido el trato. Él eligió la música: The Album Leaf. Lindas canciones, sobre todo para viajar. Ariel y yo estábamos parando en Villa Carlos Paz, otra ciudad de Córdoba. Habíamos comprado un Gol hacía exactamente un mes. Y estábamos re felices porque tenía aire acondicionado. Igual el Duna nos había llevado hasta Puerto Madryn, no nos podíamos quejar. ¡Fue eterno ese viaje! Pero el aire acondicionado… El aire es otra cosa. Ariel se quejó del calor varias veces a pesar de todo, porque el sol entraba en el auto por su lado. Le dije que le venía bien un poco de color, ¡estaba pálido! Siempre fue así de blanco. Acá, donde le tapa el short, ¡se le ven las venas! Nunca le gustó que lo notara. Un día me mandó a la mierda. “¡Ya sé que se me ven las venas! ¡Me lo dice todo el mundo, Juliana!” Eso fue cuando teníamos trece, y desde ese momento nunca más lo volví a mencionar.
Ahora me acuerdo que me mareé un poco. El camino era sinuoso pero impresionante por donde miraras. Pequeños bosquecitos de pinos de un lado, un enorme dique del otro. Ariel fue sacando fotos todo el tiempo, al paisaje y a mí. Hasta que se enojó, porque yo me giraba para posar y él aseguraba que íbamos a chocar.
Cuando Lucas nos abrió la puerta de su casa, Ariel clavó una sonrisita mostrando los dientes, todos derechísimos. Siempre amé la forma en la que se hace el simpático con gente que le cae mal. Asiente a todos los comentarios y eleva sus cejas con falso interés. Y es increíblemente efectivo. Yo me doy cuenta porque lo conozco hace años. ¡Ay, lo quiero tanto! Lucas le contaba por qué es importante tapar las cámaras de las computadoras y cómo el gobierno te puede espiar y Ariel le mantenía la mirada y le seguía la corriente como si en su mente no hubiera estado pensando en ecuaciones que nadie entiende. El único momento en el que no pudo sostener su papel fue cuando Lucas nos preguntó si íbamos a casarnos. Ariel me miró como preguntándome “¿quién va a decírselo?”. “No… no estamos juntos. Soy asexual, ¿no te lo dijo Sabri?”, tuve que explicarle. Mi hermana, que venía de adentro trayendo una caja de alfajores, levantó sus hombros y se sentó al lado de su marido. Realmente era raro que no se lo hubiera dicho, hacía como ocho años que era la encargada de repartir ese mensaje entre todos sus conocidos. Juliana no quiere tener sexo con nadie, debe estar enferma o exagerando. ¡Y ahora viven juntos y tienen un auto! Casi podía escucharlos en mi mente. “¿Y vos nunca te enamoraste de ella?”, le preguntó Lucas a Ariel, como para seguir con la conversación desagradable. Ariel negó con la cabeza y se llenó la boca de alfajor para evitar tener que hablar.
Las calles de Villa General Belgrano (o VGB, como le decía Ariel) estaban repletas de gente, porque claro, era temporada alta. Y las casas… ¡Qué hermosas las casitas! Si me esforzaba un poco me sentía en Alemania. ¡Y los negocios de chocolate! Esos fueron mi perdición. Compré no sé cuántos. Me duraron hasta el verano. Recorrimos el centro de arriba a abajo y entramos a todos los localcitos de artesanías y regionales. Muchos duendes y eso, no son de mi gusto. Pero Ariel se compró un par de adornitos. Hay uno en casa, en la mesita del living. Yo lo odio. El duende ahí, tirado arriba de una… hoja de un árbol o qué se yo qué es. Me da envidia porque siempre está echado. Y yo voy y vengo y trabajo y cocino y limpio.
Después caminamos bordeando un arroyito. Me enganché hablando con mi hermana sobre una serie y cuando me di cuenta había dejado a Ariel solo con Lucas. Venían atrás nuestro. Me di vuelta y noté su típica cara de “estoy anotando mentalmente todas estas cosas graciosas para reírme más tarde cuando te las cuente”. Frené hasta que nos alcanzaron y nos unimos a ellos. Aparentemente estaban discutiendo sobre la existencia de Dios. ¡Por favor! ¡Habiendo tantos temas triviales de conversación tuvieron que elegir hablar sobre eso! Cuando volvíamos, Ariel me dijo que le parecía que Lucas tenía cara de religioso y solamente había querido probar su punto. “Su prueba de que Dios existe es que él es millonario, ¿podés creer?”, me dijo riendo.
Casi no se dirigieron la palabra después de ese mal rato. Y Ariel empezó a patearme la pierna por abajo de la mesa mientras estábamos en la pizzería, como señal de que quería irse. La gente piensa que es mi novio, pero yo a veces pienso que es mi hijo. Así que, con la excusa de que mi amigo no quería dormirse en el camino, emprendimos la vuelta a eso de... las diez y media. Agarramos la ruta, hicimos, no sé, un kilómetro, y la fila de autos se detuvo para siempre. Bueno, no para siempre. Pero de ahí en más empezamos a avanzar a paso de tortuga. Apagamos el bendito aire acondicionado porque ni siquiera se sentía y bajamos las ventanillas. Por lo menos corría aire fresco. Era mi turno de elegir la música y simplemente prendí la radio. Ariel me miró con desprecio, con decepción, ¡pero bien que terminó cantando todas las canciones!
Después de la primera hora moviéndonos lentamente en la ruta, Ariel ya estaba terriblemente fastidioso. Yo, en cambio, lo estaba disfrutando. Las estrellas brillando, la brisa fresca, esas canciones que todos sabemos porque siempre pasan en la radio, las luces de las casitas reflejándose en el agua del dique, las conversaciones existencialistas que me esmeraba por empezar pero mi amigo rechazaba con un monosílabo. Recuerdo haberle dicho que si íbamos a estar encerrados en ese auto de por vida tendríamos que llevarnos bien, ¡y largó una carcajada!
A las dos horas yo iba con los pies afuera de la ventanilla, porque ya no sabía en qué posición sentarme. La gallega que hablaba en el GPS se había callado, como si se hubiera ido a dormir. ¡Y por fin Ariel sacó de su mente la lista de las pelotudeces que había dicho Lucas esa tarde! ¿Viste cuando estás esperando algo pero no sabés qué? Bueno, así estuve yo hasta que dijo “número uno: las cámaras web”. Y yo exploté de la emoción, porque Ariel siempre hacía eso y siempre siempre era mi parte favorita. “Puede que a él lo espíe el gobierno porque es millonario, pero ¿quién va a querer espiarme a mí? ¡A mí! ¡Que lo único que hago en la computadora es reírme de memes y ver porno!”. El número dos fue justamente eso, el porno. Lucas no mira porno. ¡Ah! Pero la rara soy yo. Y los ítems siguientes fueron Dios, los proyectos de vida, las fundas del celular y qué se yo cuántas cosas más.
Casi tres horas tardamos en llegar. Y hubiéramos tardado más si la gallega no nos hubiera sugerido un camino alternativo a la altura de Alta Gracia. Ariel no me habló hasta el día siguiente. Era obvio que había alcanzado el máximo de interacción social posible. Y yo me acosté y me dormí a los dos segundos, con los pies ardiendo de tanto caminar.

21 nov 2016

Darkness

Sonó la alarma y repitieron el ritual una vez más. Chloe, con cansancio acumulado debajo de los ojos, cerró las persianas y corrió las cortinas. Iria, su hija más chica, desconectó todos los aparatos tecnológicos, y su hermano Arion apagó las luces de cada habitación. Luego los tres se reunieron en la cama de la habitación de Chloe y rezaron para permanecer juntos esa noche y las que seguían.
Si todo salía bien, a la mañana podrían marcharse de la ciudad que representaba el infierno personal de esa familia. Chloe sostenía fuertemente con ambas manos el pase prioritario que el gobierno le había entregado por tener dos hijos menores de doce años, aferrándose a su única salvación.
El sonido producido por los pares de pasos indicaba que la Cabra ya había llegado a la calle. Nadie sabía qué quería, pero sí qué la atraía: la luz. Los niños cerraban sus ojos con la esperanza de ver aún menos, y de paso quizás quedarse dormidos.
Algo vibró sobre la mesa de luz. Los tres voltearon en esa dirección, pero sólo Iria sabía de qué se trataba. Un celular permanecía encendido por error e iluminaba el techo por completo. "Perdón, mami", dijo Iria con la garganta casi cerrada. Pero la mano fría de la Cabra ya le rodeaba uno de sus tobillos.

30 oct 2016

El Hombre Polilla

Era mi primer día en la Escuela N°6 y mi décimo segundo día en El Sombrero. No es que viviera literalmente en un sombrero. El nombre del pueblo se debía a esa gigantesca roca con forma de sombrero de vaquero a un costado de la ruta que atraía a cientos de personas en temporada alta. De todas formas, los visitantes nunca llegaban a entrar al pueblo. Simplemente detenían sus vehículos en el parador de la ruta, descendían y algún miembro de la familia le pedía a cualquier desconocido que les tomara una foto mientras todos posaban junto a ese extraño accidente geográfico. Luego volvían a subir, mirando las pantallas de sus cámaras y celulares, y se alejaban hasta perderse de vista. Yo mismo veía esa escena repetirse día a día cuando trabajaba en el puestito de regionales, vendiendo llaveros con forma de sombrero, imanes con forma de sombrero, adornos con forma de sombrero y hasta sombreros con forma de sombrero.
Pero eso fue mucho después. Volvamos a ese primer día de escuela. Era el único chico nuevo en quinto año y mi cabello era tan rubio que resaltaba entre la marea de cabezas marrones que recorrían el patio caminando en grupitos de cuatro o cinco. Nadie se había acercado a hablarme en todo el recreo, y yo no estaba dispuesto a iniciar ninguna conversación, así que sólo esperé a que el timbre sonara para volver a entrar a clases. Al sentarme en mi asiento encontré una nota escrita en un pedazo de hoja rayada que decía:

“Te esperamos en la estación de servicio de La Madrid y Juncal a las 13:15 para cumplir con la obligación de los Nuevos (o habrá consecuencias inmediatas). 
PAM y KIM.” 

Me reí un poco, esperando que fuera una broma, y miré a mi alrededor buscando al emisor del mensaje. Pero todos mis compañeros se hallaban concentrados en otras cosas y nadie me estaba prestando atención. Así que guardé el pequeño papel en mi bolsillo y esperé a que fuera el mediodía. La estación de servicio donde me habían citado quedaba de camino a mi casa, así que supuse que podría pasar por la vereda de enfrente y echar un vistazo. Como no se veía a nadie sospechoso, seguí caminando como si nada, sintiéndome bastante aliviado porque evidentemente se trataba de una broma. Pero segundos luego oí pasos rápidos y atolondrados y una voz que gritaba:
—¡¿A dónde vas?!
Detuve mi marcha y volteé para encontrarme con dos chicas corriendo hacía mí a toda velocidad. Mientras recuperaban el aire después de haber llegado hasta donde yo estaba, noté que a simple vista parecían idénticas, aunque vestían distinta ropa.
 —¿Gabriel? —preguntó una de ellas.
—Sí —respondí con un dejo de temor.
—¿A dónde te ibas? ¿Querías tener consecuencias?
—Creí que alguien sólo se estaba riendo de mí.
—Ella es Pam —me dijo la de negro, señalando a la otra—, y yo soy Kim.
—Y vos sos Gabriel el Nuevo —dijo Pam.
—Sí, eso ya lo sabía. ¿Son gemelas?
—No, somos clones —respondió Pam con sarcasmo, y su hermana la hizo callar.
—Los Nuevos en el pueblo tienen que cumplir con ciertos retos para ser aceptados en la escuela.
—No me interesa ser aceptado —afirmé.
—Estás en quinto, ¿no es cierto? —asentí—. Te aseguro que serán los dos años más terribles de tu vida si el resto se entera de que no viniste esta noche.
—Como Dani el Nuevo —rió Pam.
—¿A dónde tengo que ir?
 —Acá está la dirección y la lista de cosas que tenés que llevar —me dijo Kim entregándome un papel doblado en cuatro de manera desprolija—. No te olvides y no nos dejes solas, ¿está bien?
Ni siquiera llegué a contestarles porque en seguida comenzaron a alejarse en dirección contraria a la que yo tenía que ir. Mientras caminaba hacia mi casa, desdoblé el papel y leí:

“Gabriel el Nuevo: 
Te esperamos a las 20:30 en Lima y Caseros, debajo del sauce más grande, frenTe al río. Es impoRtAntE qUe traigas uNa cámara y una linterna. Y que Seas puntual. De nO venir, te guardareMos un Banco al lado de Dani el Nuevo paRa que tE sientes ahí hasta que salgas de la escuela y puedas alejaRte de el SombrerO para siempre. 
PAM y KIM.” 

La letra era desigual y las mayúsculas en lugares aparentemente arbitrarios me desconcertaban tanto que seguí leyendo la nota aún mientras almorzaba. Se me ocurrió que las mayúsculas podían formar algún mensaje oculto, pero no conocía ninguna palabra que comenzara con GNT, al menos en español. Mi papá me vio leyendo la hoja arrugada y me preguntó si ya había conseguido admiradoras secretas, pero lo ignoré por completo, como había estado haciendo desde que me arrastró a ese pueblo en el medio de la nada.
Revolví mi habitación buscando la cámara pero no tuve éxito. Debía encontrarse dentro de alguna caja que aún no habíamos abierto luego de la mudanza. Pero sí encontré una linterna que funcionaba. La metí en el mismo bolsillo en el que llevaba los dos papeles que me habían dejado en el día, me puse una campera liviana y una gorra y salí de mi casa con la esperanza de que la cámara del celular fuera suficiente.
Lima resultó ser la calle que bordeaba al río, y caminé unas siete cuadras por ahí hasta llegar a Caseros. La intersección de ambas calles tenía dos esquinas, pero sólo una alojaba un enorme sauce con largas ramas que caían hasta el suelo. Saqué el papel de mi bolsillo para asegurarme de que debía meterme debajo del árbol, y así era. Entonces me agaché lo más que pude y atravesé las verdes hojas, que me rozaron la espalda. Las hermanas Pam y Kim ya estaban ahí sentadas esperándome. Aprobaron la cámara del celular sólo porque tenía flash y me felicitaron por llevar mi gorra. No entendí a qué se referían.
—¿No leíste el mensaje subliminal? —me preguntó Pam con voz burlona.
Confundido, busqué nuevamente el papel y Kim me lo quitó de la mano con fuerza.
—Tenías que leer las mayúsculas, ¿ves? Traé un sombrero —leyó.
Era exactamente lo que yo había intentado, pero sólo tenía que concentrarme en las mayúsculas que no estaban bien colocadas. De todos modos, aunque fuera por casualidad, cumplí con los requisitos, y las hermanas no podían decirme nada. Así que, protestando, me guiaron por el camino que nos llevaría a conocer al sujeto que yo tendría que fotografiar luego.
—El Hombre Polilla mide más de dos metros, al igual que cada una de sus peludas alas grises. Pero eso no le es un impedimento para subir a los árboles y observar el pueblo desde las alturas —me contaba Kim mientras caminábamos—. Nadie sabe qué busca, simplemente reposa ahí por momentos para luego continuar su vuelo.
—Es tan gigante que, en las noches en las que la Luna es la única fuente de luz, al pasar por delante de ella el pueblo entero se queda a oscuras por un par de minutos —agregó Pam.
Al ver que no lograban impresionarme con sus historias fantásticas, comentaban cosas entre ellas en un idioma que me era imposible entender y no sonaba como ninguno que yo conociera.
Caminamos durante casi diez minutos por el costado del río hasta llegar a un débil puente de madera que lo atravesaba. Cruzamos de a uno, porque no parecía soportar más de ochenta kilos, y nos adentramos por un camino de tierra rodeado de tupidos árboles. Todo a nuestro alrededor era oscuridad, a excepción de alguna ventana iluminada que aparecía cada varios metros, así que los tres encendimos nuestras linternas.
Nos detuvimos al encontrar otro camino de tierra que cortaba al nuestro.
—Acá es donde se hacen las ofrendas —me explicó Kim.
La ofrenda sería mi gorra. No creía en el Hombre Polilla, pero de todas formas no me convencía la idea de perder mi gorra, porque realmente la amaba. Los tres nos arrodillamos en el medio del camino, entrelazamos los dedos detrás de nuestras espaldas y esperamos al Hombre Polilla.
—Hay que cerrar los ojos —me dijo Pam—. Dicen que los que han hecho contacto visual han quedado ciegos para siempre.
Me negué a cerrarlos, pero me insistieron tanto que lo terminé haciendo. Imaginaba que alguien vendría y me pegaría con un palo en la nuca para luego robarme o algo así. De repente escuchamos pisadas detrás nuestro. Abrí apenas un ojo para poder mirar sobre mi hombro y vi un ser completamente negro acercándose despacio. Volví la cabeza al frente y cerré los ojos con fuerza. Las chicas estaban en completo silencio y supuse que tenía que imitarlas. Cuando los pasos se detuvieron, sentí cómo mi gorra se deslizaba por mi cabeza. Conté hasta diez, como habíamos acordado, y volteé rápidamente a la vez que sacaba el celular del bolsillo. Mis manos temblaban tanto que me era imposible enfocar la imagen, pero de todos modos disparé. El flash iluminó todo a nuestro alrededor, dejándome ciego. Cuando pude volver a ver, el Hombre Polilla ya no estaba ahí.
—Ya se fue —dije con un hilo de voz.
Pam y Kim se levantaron del suelo y me pidieron que les mostrara la foto. Había salido movida, pero se podía apreciar el tamaño de ese monstruo. Las chicas me felicitaron a los gritos y saltaron a mi alrededor. Como había logrado mi misión, debían cambiar mi nombre. Ya no podía ser Gabriel el Nuevo, tenía que ser otro Gabriel. Discutimos sobre eso mientras regresábamos a nuestro punto de partida y terminaron eligiendo Gabriel el Rubio.
—Porque realmente sos la persona más rubia del pueblo —me explicó Pam.
Dani el Nuevo seguía siendo Nuevo porque nunca aceptó hacer el reto del Hombre Polilla. Pero yo me había ganado mi propio nombre, y estaba orgulloso de eso.
Cuando llegamos al puente, Kim nos pidió que hiciéramos silencio tras anunciar que había escuchado algo.
—Quizás es el Hombre Polilla —propuse.
—¿Por qué volvería? —preguntó Pam, y Kim le respondió en ese idioma desconocido.
Estaba a punto de preguntarles qué estaban diciendo, cuando Kim nos volvió a callar. Entonces yo también escuché un sonido proveniente de algún árbol cercano. Pam estaba blanca como la Luna. Quise alumbrar con la linterna pero Kim me lo impidió. Miré con miedo cada una de las copas de los árboles pero fue Pam la que divisó primero la enorme silueta negra situada del otro lado del puente. Levantó un dedo tembloroso y señaló en esa dirección, pero ninguna palabra pudo salir de su boca. Por instinto nos acercamos los unos a los otros hasta que nuestros brazos estuvieron tocándose. Ese puente era el único que cruzaba el río, así que necesitábamos pasar por ahí sí o sí para volver a casa. Pero si hacíamos ruido, el Hombre Polilla nos descubriría. Kim decidió pasar primero de todas formas. Dio un paso adelante y gritó:
—¡Martín, bajá! ¡Ya no es gracioso!
Miré a Pam buscando una explicación.
—No hay ningún Hombre Polilla —me confesó susurrando—. Es nuestro amigo Martín disfrazado.
Pero Martín seguía en el árbol, inmóvil. Kim dio otro paso y las ramas del árbol se sacudieron.
—¡En serio, Martín! —volvió a gritar Kim.
Dos pequeños puntos rojos brillaron en medio de la oscuridad. Pam gritó primero, luego Kim y por último yo. Los tres corrimos juntos por el puente sin pensar que podía caerse, siempre mirando hacia el piso y al borde de las lágrimas. Se oyó el aire sacudirse, y levanté la vista en el momento en que el Hombre Polilla desplegaba sus inmensas alas grises. Se elevó a la altura de la punta del árbol y voló sobre nosotros justo en el instante en que alcanzamos la otra orilla. Sin mirar atrás, continuamos corriendo hasta encontrar una calle alumbrada. Las gemelas se abrazaron. Pam incluso lloraba. Por mi parte, sentía el corazón latiéndome en la garganta, y mi cuerpo estaba cubierto por un sudor frío.
El regreso a casa fue difícil. Todos nuestros sentidos permanecieron alerta por horas y cada vez que escuchábamos el mínimo ruido, volteábamos horrorizados. Las diez cuadras que separaban mi casa del viejo sauce las recorrí casi corriendo. Mis papás ya estaban acostados cuando llegué, y unas frías porciones de pizza me esperaban dentro del microondas. Comí en silencio, pero con las luces encendidas en toda la casa. Y en vez de dormir, esa noche sólo pude pensar en todo lo que había sucedido tan sólo horas atrás.
Al día siguiente, en la escuela, me esperaba mi gorra sobre mi banco. Pam y Kim me saludaron desde la puerta del aula. Ellas estaban en sexto, así que cursaban en el aula de al lado. Todos quisieron ver la foto que había tomado, y yo la mostré orgulloso. Aunque me hubiera gustado tener una foto del verdadero Hombre Polilla, pero había estado muy ocupado corriendo por mi vida.

(Continuación)

14 sept 2016

The Sound Inc.

No era la primera vez que me encontraba en esa habitación de hotel barato. Me había dormido temprano, intentando ignorar los malos pensamientos, y cuando me desperté a las dos de la mañana, me sentí desorbitado. Pero no tardé demasiado en reconocer mi entorno: el colchón duro, el ruido de los vehículos pasando por la avenida, la luz del televisor reflejándose en las paredes. Ya nadie tenía televisores, aunque a mí me seguían gustando.
Salí al balcón a tomar aire y recordé la propuesta que Fitz me había hecho la última vez que me encontré en esa situación. Decidí llamarla, y me contestó con la voz adormilada. Me disculpé por despertarla, pero no tenía a nadie más. No sólo era mi mejor amiga, también era la única persona que conocía que aún tenía un teléfono.
—Si vas a seguir molestándome a las dos de la mañana, voy a considerar tirar esta porquería —se quejó Fitz.
—Voy a hacerlo.
—¿Vas a hacer qué?
—El chip musical.
No estaba realmente convencido de hacerme la intervención, pero estaba desesperado. Pensaba que quizás la música podría despejar mi mente en esos momentos de celos incontrolables.
Así que ahí estábamos al día siguiente, en la sala de espera de The Sound Inc., rodeados de otros sujetos que también iban en busca de música para sus oídos. Mi pierna se movía de arriba a abajo frenéticamente, y me dio vergüenza que Fitz lo notara. Ella tenía su chip hacía más de un año y le había funcionado de maravilla, por eso intentaba calmarme de todas las maneras posibles.
Cuando el médico dijo mi apellido, me levanté de un salto y quise dejar la campera sobre la silla, pero simplemente cayó al piso y yo seguí mi camino como si nada. Una vez dentro del consultorio, el doctor me volvió a explicar lo que ya había escuchado cientos de veces salir de la boca de todo el mundo:
—El chip musical consiste en un implante colocado entre la piel y el cráneo, cerca de las áreas auditivas del cerebro, que funciona con el pensamiento. Podrás escuchar cualquier canción que se encuentre en la base de datos con sólo pensar en su nombre y el artista, seguido de la palabra play.
—¿Realmente voy a escuchar las canciones?
—Será como cuando tienes una canción pegada, como se suele decir. Pero serás capaz de escuchar todos los detalles, desde los instrumentos hasta las verdaderas voces, y no tu voz interna interpretando las canciones. La base de datos cuenta con un amplio repertorio de música de los tres últimos siglos.
—Ni siquiera puedo imaginarme de cuántas canciones estamos hablando. ¿Cómo hace para caber tanta información en un dispositivo de ese tamaño?
—No se encuentran en el chip, sino en la nube a la cual éste está conectado.
—¿Y la operación es —me aclaré la garganta—… dolorosa?
—En lo absoluto. Aunque puedes sentir una molestia luego, por un par de días.
Aclaradas mis dudas, firmé los papeles correspondientes, pagué lo acordado y me senté donde me indicaron, tratando de controlar el temblor en mis manos. Prefería que me llamaran anticuado antes que despertarme con el cerebro al descubierto, así que elegí la anestesia en vez de la hipnosis. Después de todo, sólo sería un pinchazo.
Cuando volví a abrir los ojos, Fitz estaba sentada a mi lado, sosteniendo un montón de papeles.
—¿Qué tal ese chip, Mike? —me preguntó sonriendo.
Realmente no sentía nada en especial, así que toqué la zona de mi cabeza donde se suponía que estaba.
—¿Ni siquiera me cortaron el cabello?
—Acá dice que sí, pero te aplicaron una loción que acelera su crecimiento —me dijo entregándome los papeles.
Se trataba de un manual del usuario que fui leyendo de regreso a casa, sentado en el asiento del acompañante del auto de Fitz. Gabs se sorprendió al escuchar la puerta porque creyó que ya no regresaría. Si bien desconfiaba de ella la mayoría del tiempo, estaba seguro de que la amaba con locura, y el problema era puramente mío. La abracé con fuerza mientras le prometía que nunca más me iría de esa forma. Tenía grandes esperanzas de que el chip funcionara correctamente.
Y al principio lo hizo. Cada vez que sentía que Gabs tenía otro perfume en su ropa o llegaba dos minutos más tarde del trabajo, simplemente pensaba en alguna canción, y la melodía se encargaba de ocultar cualquier inseguridad que anduviera dando vueltas por mi cabeza. Generalmente elegía escuchar Clocks de Coldplay, que solía ser la canción favorita de mi abuelo y me recordaba a él.
Después de un tiempo se convirtió en un vicio. Ninguna conversación era ya tan interesante como para que yo le prestara atención en vez de a la música. Era tan sencillo elegir una canción y reproducirla, simplemente estaba al alcance de mi mente. Gabs también tenía su chip, pero por alguna razón no estaba tan obsesionada como yo. De hecho, nadie de mi entorno lo estaba. Entonces comencé a creer que el problema era yo. Aunque cada vez que esa idea aparecía en mi cabeza, la callaba con alguna canción. De esa manera, ya no tenía crisis existenciales, ni sentía celos de Gabs, ni tampoco me permitía sentir nostalgia por el pasado cada madrugada que pasaba despierto. Pero había un sentimiento que resistía el ataque de la música, y era la paranoia.
—Si esta cosa puede leer mis pensamientos cuando pido una canción, también debería poder leer todos los otros —le propuse a Gabs una noche antes de dormir.
—¿Para qué querría leer tus pensamientos, Mike? Ni que fueras alguien importante.
Gabs tenía razón, yo sólo era un estúpido creador de videojuegos que, cuando podía, imaginaba escenarios virtuales en su mente. A no ser que el supuesto ladrón de pensamientos se tratase de alguien que trabajara en ese mismo rubro, no tenía por qué preocuparme.
Como se acercaba el verano, Gabs y yo necesitábamos limpiar la piscina. Cansado de tener que hacerlo yo mismo como todos los años, consideré comprar un robot que se encargara de eso. Incluso antes de escribir algo en el explorador en mi teléfono, una publicidad que ofrecía limpiadores de piscinas apareció en una esquina de la pantalla. No podía ser una casualidad, alguien tenía que haber leído mis pensamientos. Me concentré en bicicletas, y al abrir nuevamente el navegador, ahí estaban. Lo mismo sucedió cuando pensé en helado o en manteles.
De repente comencé a sentirme mareado. Todo el mundo tenía un chip musical en ese entonces, y no tenía ni idea de quién estaba manejando la información que era posible obtener a través de ellos. Necesitaba que alguien más repitiera lo que yo había hecho, para confirmar que no me había vuelto loco. Pero si hablaba con Fitz, ellos sabrían que había descubierto el truco. De hecho, ya lo debían saber para ese entonces. Me pregunté por qué nunca nadie se había dado cuenta de esto. Pero la respuesta era obvia. Sí lo habían hecho, pero no tenían forma de informarlo, porque probablemente estaban muertos.
Tenía que liberarme del chip. Si volvía a The Sound Inc. y explicaba que me había arrepentido y quería retirarlo de mi cuerpo, seguramente me estarían esperando en la puerta para hacerme desaparecer. Cuanto más tiempo pasaba, más cerca estaba de mi muerte. Así que tomé un cuchillo y, con la vista nublada, corrí al baño. Lo acerqué a la zona donde se encontraba el chip, según el instructivo, pero mi mano temblaba demasiado, así que lo dejé caer. Mi rostro estaba tan pálido que ese hombre en el espejo ni siquiera se parecía a mí. Una vez que quitara ese aparato de mi cabeza podría encargarme de salvar a mis amigos, a Gabs, a todo el mundo. Así que, con esa idea en mente, apoyé el cuchillo justo encima de mi oreja derecha y, con los nudillos blancos, lo deslicé por mi piel. Cerré los ojos por instinto, y cuando los volví a abrir, logré ver el pedacito de metal brillante. Lo tomé con la punta de los dedos y lo saqué de su lugar. El dolor era tan insoportable que ya ni siquiera me sentía dentro de mi cuerpo. Lo último que recuerdo es estar cayendo al frío piso del baño.
Desperté en una cama que no era la mía, ni la del hotel al que solía ir cuando necesitaba alejarme de mi casa por distintas razones. Giré la cabeza en un pequeño ángulo y sentí un dolor punzante al costado de ésta.
—Hola Mike —escuché decir suavemente a Gabs.
—¿Qué me pasó? —le pregunté, llevándome la mano a la zona que me dolía.
—Caminaste dormido, de nuevo. Y te cortaste la cabeza en el baño. Si no hubieras hecho ruido al caer, quizás te encontraba muerto en el piso. El doctor dice que será mejor que dejes de usar la incubadora de sueños.

20 ago 2016

Insomnio

Era una de esas noches de verano en las que la temperatura no disminuye ni siquiera pasada la medianoche. Mi hermano, que en ese momento tenía cinco años, dormía plácidamente. Pero yo no lograba conciliar el sueño. No era la primera vez que me pasaba. De hecho, fue una situación tan recurrente durante esas vacaciones, que mi mamá decidió comprarme un atrapasueños. Aunque era inútil, porque mi problema no eran las pesadillas, yo no podía dormir.
Llevaba dos horas dando vueltas en la cama sin éxito. De todas formas, cuando me tocaba enfrentar la pared, mi corazón latía demasiado rápido y no aguantaba más de diez minutos, por la ya tan conocida razón. Tenía que asegurarme de que nadie atravesara la puerta de mi cuarto. Quizás no podía dormir por esa necesidad de estar vigilando todo el tiempo. Mi mamá le quitaba importancia y me decía que sólo se debía a que me levantaba muy tarde cada día. Pero yo estaba segura de los pasos que escuchaba de vez en cuando, resonando en el silencio de la noche.
Las agujas del reloj de Mickey Mouse que colgaba en la pared me mostraron que ya era la una de la madrugada. Y yo seguía con los ojos abiertos de par en par. Por momentos los cerraba, con fuerza, pero se sentía como si estuvieran secos, como si tuvieran arena en su interior, y me veía obligada a abrirlos nuevamente.
Ya había intentado todas las opciones que mi madre me daba, como ser girar la almohada, tomar agua, cerrar los ojos y pensar en algo lindo, abrazar a mi perrito de juguete. La tele con el volumen en cero simplemente no me entretenía, así que sólo me quedaba pasar las horas jugando. Para ese entonces ya había inventado varios juegos, pero mi preferido era el de pensar palabras que sólo tuvieran una vocal. En mi mente, las letras competían entre sí, y siempre ganaba la A. Ahora mismo ni siquiera se me ocurre una palabra que sólo tenga la U.
La E ya tenía dos palabras en su lista: té y peste. Me encontraba buscando una palabra con tres E cuando escuché el primer ruido extraño de la noche. Subí sólo un punto el volumen de la tele y me quedé quieta, como si fuera de piedra. De alguna forma creía que eso me ayudaría a esconderme de ellos, pero mi respiración acelerada debía delatarme incluso desde la escalera. Temía por mí y por mi hermano, pero más que nada me preguntaba si ya le habrían hecho algo a mi mamá, que dormía en el piso de abajo.
No hubo ningún otro ruido luego de ese, entonces me convencí a mí misma de que se trataba de la madera que cubría la pared, crujiendo debido a algún cambio de temperatura. Intenté volver a mi actividad anterior pero ya estaba demasiado alterada como para concentrarme. Tenía los sentidos tan alerta que cosas mínimas como el tick-tack del reloj me molestaban a sobremanera.
Casi había normalizado mi respiración cuando vi una sombra moverse en la pared de la escalera. No pestañeé por el mayor tiempo que pude, y sentir el corazón latiéndome en la garganta no ayudaba en lo absoluto. La sombra se deslizó unos centímetros, y cuando creí que algo atravesaría la puerta, llamé a mi mamá con un grito desesperado. No quería hacer eso, no quería llegar hasta ese punto, porque para ese entonces ella bien podría estar muerta. Pero al menos conseguí que la sombra desapareciera, esfumándose de inmediato.
Unos pasos firmes precedieron a la figura de mi mamá, vistiendo esa remera verde que usaba para dormir porque ya estaba rota. A pesar del terror que me daba pensar que quizás ella no era verdaderamente mi madre, le conté todo, sollozando. La expresión en su rostro cambió del susto al enojo en cuestión de segundos. "Te dije que esos programas de extraterrestres no son para chicos de nueve años, Carla. Tendré que sacar la tele de acá", fue todo su discurso. Luego me alcanzó el vaso de agua que se encontraba en la mesa de luz, bebí un trago y la observé marcharse.
Me tranquilizó escuchar que me retara de esa manera, porque eso era algo que mi verdadera madre hubiera hecho. Pero una luz azul resplandeciendo en la escalera se llevó mi calma nuevamente. "¡Má!" grité con todas mis fuerzas, sin importar que mi hermano pudiera despertarse esta vez. Y lo que se asomó por el marco de la puerta no era ni remotamente parecido a mi mamá. Puedo asegurarlo porque su cabeza era enorme y ni siquiera tenía dos ojos. Pero vestía esa remera verde con pequeños agujeros en los hombros, y sonrió mostrándome todos sus dientes.

20 jun 2016

La sangre mala

No es que Tristan no quisiera a Kristel, pero se iba a morir de todas formas. Tenía la sangre mala. Y todos en Gateway sabían lo que eso significaba. Igualmente le molestaba verlo bailando al otro lado de la calle, como si no hubiera sido su vecino alguna vez también. ¿A quién se le puede ocurrir construir una casa funeraria frente a un salón de fiestas?
Le atormentaba pensar que, en vez de estar encerrado viendo a una persona muerta, debería haber estado haciendo algo respecto a su habitación. La lista con las cosas perdidas en el fuego ya estaba escrita, pero aún tenía que pensar cómo recuperarlas. La idea era dormir en el cuarto de Lene por un tiempo. También estaba el de sus padres, pero no le gustaba siquiera entrar ahí.
Era el quinto o sexto sándwich que se comía junto a la ventana y todavía no había podido cruzar miradas con Sam. No estaba seguro de querer hacerlo. Quizás hasta había evitado que sucediera un par de veces, desviando la vista bruscamente.
Confirmó que ya sabía que él estaba ahí cuando salió a fumar un cigarrillo y Sam inmediatamente cruzó la calle. Llevaba dos años sin verlo, desde que la sangre mala se llevó a su madre y, no sólo se mudó de edificio, sino que nunca regresó al colegio. Se oían rumores de que su padre había enloquecido y él tuvo que encargarse de sus hermanos. Tristan los creía porque sabía lo duro que era perder a personas queridas.
—¿La sangre mala? —le preguntó con dificultad, deteniéndose delante suyo y tapando el sol con su cabeza.
—Un incendio —le respondió mirando hacia arriba—. Kristel, ¿te acuerdas? La del departamento 14. Igual también tenía la sangre mala. Ya estaba morada.
Sam se sentó en el borde de la acera a su lado y permaneció en silencio. Solía hablar tanto cuando eran chicos que por un momento pensó que se trataba de otra persona.
—El fuego pasó a mi habitación —siguió contándole—. Por suerte Lene y yo no estábamos en casa. Pero perdí varias cosas, como el diario ese donde siempre escribía.
—Una vez lo leí —le confesó Sam, como empujando las palabras con fuerza fuera de su boca—, cuando me quedé a dormir y vimos esa película del conejo asesino.
Al instante recordó esa noche y no pudo evitar sonreír, a pesar de sentir esa insoportable presión en el pecho que aparecía cada vez que traía un recuerdo a su mente. Todo era tan distinto en esa época. Tenía una familia, tenía buenos amigos como Sam, tenía un futuro que creía asegurado. Pero la sangre mala arrasó con Gateway y se llevó todo consigo. Ya habían pasado casi cuatro años desde el primer caso descubierto, que resultó ser tía o prima de la directora de la escuela. La pobre murió a los días. A medida que pasó el tiempo los médicos fueron encontrando tratamientos cada vez más eficientes, pero nunca nadie se pudo salvar completamente.
—No había nada que no supiera ya —continuó Sam.
—Siempre te conté todo —le aseguró.
Tristan le propuso ir a caminar, porque el sol le daba directo en la cara y comenzaba a molestarle. Aceptó sin siquiera hacer un gesto. Antes de irse, Tristan se asomó por la puerta y le avisó a Lene que regresaría más tarde.
Ninguno de los dos dijo una sola palabra, pero sus pasos iban coordinados, como si su destino hubiera estado pactado desde el principio. Es que se trataba del parque donde pasaron todas las tardes de su infancia y adolescencia. Al parecer Sam no había estado por ahí hacía tiempo, porque se sorprendió al ver que ya no existía el árbol al que solían treparse. Se acercó hasta lo que quedaba del tronco y siguió las líneas circulares con la yema de su dedo índice.
—Lo cortaron este verano —le comentó Tristan—. Es una lástima, ¿no? Antes hablabas tanto —agregó luego de suspirar—. Inventabas todas esas historias fantásticas.
—¿Es que no te das cuenta, Tristan? —dijo con más energía—. La única historia que podría contar ahora es la de la sangre mala. Podría escribir un libro y venderlo en otros países donde nadie habla de ésto. Aunque este año cumplo dieciocho y, quién sabe, quizás me enfermo yo también y no llego a publicarlo.
Un instante después rompió en llanto frente a quien solía ser su mejor amigo, sin vergüenza o temor, como si lo hubiera retenido por años. A Tristan se le destrozó el alma, porque Sam siempre había sido el más fuerte de los dos. Y de repente estaba tan vulnerable, con el rostro escondido entre sus manos y las lágrimas escapando sin pedir permiso. Le acarició el hombro e intentó decir algo para calmarlo, pero no encontró las palabras correctas. Es que simplemente no había nada que pudiera consolarlo, los dos sabían lo incierto que era el futuro de ambos.
—Lo siento —le dijo limpiándose la cara con la manga de la camisa—, es por esto que no volví a verte. Perdón, Tristan —repitió—. Cada vez que recuerdo cómo era la vida antes siento golpearme contra una pared.
—Está bien, Sam. Te entiendo, me pasa lo mismo. Lo siento aquí en el pecho, me quema y me asfixia. Se lleva todo el aire de mis pulmones. Es insoportable.
Se sentaron sobre la porción de tronco que aún se asomaba desde la tierra y observaron las nubes moverse en el cielo.
—Nacimos sin nada y seguro que no tenemos nada ahora —sentenció Sam.
—¿Qué?
—Eso decían en la película del conejo.
—Nacemos sin nada y morimos sin nada, así era —lo corrigió Tristan.
—Da igual. Me alegra haberte encontrado. Podrías ayudarme a romper la pared para que no me siga chocando. Podríamos empezar a golpearla con rocas y, a medida que saquemos pedazos, podremos construir herramientas mejores. O podríamos encontrar un punto débil que haga que se caiga por completo con sólo tocarlo.
Tristan cerró los ojos y se dejó llevar por sus palabras, como arrastrado por la corriente, porque en seguida se dio cuenta de que una de sus historias había comenzado. Sabía que las palabras estaban atrapadas en su cabeza, y finalmente encontraron la forma de salir. Él mismo había logrado derribar la pared. Y todo el tiempo que mantuvo los ojos cerrados pudo hacer de cuenta que nada había cambiado. Sam continuó su relato, llevándolo por el camino improvisado que más le gustaba en el momento, y de vez en cuando Tristan metía algún bocadillo, porque también era parte de la historia. Ahí estaban, destruyendo un muro y descubriendo que del otro lado se hallaban ellos mismos. Pero sin marcas en su interior, intactos, como antes de que las desgracias llegaran. Y corrían por el parque, fingiendo ser superhéroes, y volvían a casa a la hora de la merienda para ver la televisión con sus padres, que seguían vivos.
Cuando Sam se detuvo a Tristan no le importó, porque se sentía más liviano, ya no llevaba esa carga en su espalda. Y estaba entusiasmado porque volverían todos los días a sentarse sobre ese tronco y a inventar cuentos que nunca sucederían más allá de sus mentes.
—Va a ser así para siempre. Tú y yo, el parque, los relatos. Amigos para siempre, como dijimos esa vez que bebimos demasiada cerveza en la puerta del edificio —aseguró Tristan, ignorando su inevitable final—. Mientras podamos cerrar los ojos e imaginar las situaciones que queramos, el futuro estará en nuestras manos.
Se despidieron con un abrazo y juraron volver a verse a las tres de la tarde del día siguiente. Sam cumplió con su palabra, pero había algo que desconocía. Tristan ya había cumplido los dieciocho en febrero, y su cuerpo había permitido que la sangre mala corriera por sus venas.